Cuento para niños: Un sueño pequeño

Hubo una vez, en un pequeño pueblo muy muy pequeño, un señor que medía cinco centímetros.

Le gustaba pasear por su pueblo durante todo el día, pero le disgustaba que fuese tan pequeño, porque se le acababa muy pronto.
Solía pasar por los mismo sitios más de cien veces y en cada una de ellas, saludaba a sus vecinos con alegría.

Los demás vecinos, también eran pequeñitos, y las puertas de sus casas eran también pequeñas.

Nadie conducía coches, si no bicicletas con cuatro ruedas, para no caerse hacia los lados.

Nuestro amigo de cinco centímetros, compraba el pan al otro lado del pueblo, a unos 30 metros.

Y sucedió que un día, en la biblioteca pequeñita del pueblo, encontró un libro muy muy grande, casi enorme, donde se hablaba de los pueblos que existían muy, muy, muy lejos, a 3 kilometros de distancia.

Pueblos donde la gente medía casi dos metros y conducían coches veloces y usaban aviones para volar y casi nunca paseaban, porque las calles eran muy muy largas y se cansaban de andar.

Se preguntó nuestro amigo, qué sería de el si se perdiese por un sitio de grandes avenidas y plazas gigantescas.

Cerró el libro muy muy grande y se acercó al barecito muy muy pequeño, para beberse un refresquito y hablar con sus amigos de las pequeñas cosas.

Por la noche soñó feliz y contento, que paseaba por aquellas capitales y que era muy alto y que podía pasear durante horas sin pasar por el mismo sitio una sola vez.

A la mañana siguiente, se levantó de su camita, se puso los zapatitos y se peinó con la raya al lado, como de costumbre. Salió a la calle y se puso a pasear.

…y colorín colorado, este cuento se ha acabado, si quieres que te lo cuente otra vez cierra los ojos y cuenta hasta tres.

Las pequeñas cosas…

He salido a la calle, esta vez con las gafas de ver de lejos.
La luz del sol me ha obligado a torcer el gesto de la cara. La luz era caliente.

No recordaba ya como era. He estornudado y he cruzado la calle pasando del semáforo.

Me he sentido un rebelde que iba contra el sistema, pero mi sueño se ha desvanecido cuando se ha puesto verde para los coches.
He corrido.

He querido pisotear los charcos de la lluvia de anoche, pero se que tendría que lavar yo mi propia ropa y jamás volvería a oler igual.

De todos modos, siento gozo de ver como me afectan aun las pequeñas cosas.

Y me he vuelto a acordar entonces de ti…

La ira

La ira

Poder visceral
no justificado
de natural humano
renombrado a pecado

La ira.

Huír de ella, sintiendo vergüenza
quema tu sangre por miedo a tenerla
lobo herido, rabo entre las piernas
daño en el cuerpo, dolor en la conciencia.

La ira.

Explosión de fúria, miedo en los ojos
Fiera encerrada, candado y cerrojo.

La bestia se duele, vomita su odio.

Y llega la calma y con ella, serena,
la ira aplacada se vuelve pena.

La ira.

Rafa

Relato: “No hay moscas por la mañana”

Me imaginé mirando las fotos de toda una vida, e irremediablemente quise adivinar qué pensaba en cada una de ellas. Y tergiversé mi recuerdo en pos de un presente sereno.

Los amaneceres en verano son hermosos, de rojo intenso, salpicados por las siluetas de los primeros pájaros del día.

No hay moscas por la mañana.

El café hierve despacio, con calma, como un anciano recorriendo la distancia que va de Plaza Catalunya hasta los bancos que hay al lado de la boca del metro de Urquinaona.

Desde el interior de la habitación en silencio, a través de la ventana, la vorágine del gentío que empieza a invadir la calle supone una película cómica de principios del XX.

La mueca sarcástica es inevitable.

El chorro de la ducha silencia el tic tac del reloj que amenaza con marcar la hora en punto. La prisa la inventó un hereje, en tiempos de la inquisición.

El tarareo de cualquier canción promete que, al menos para mi, se prepara un buen día que solo será tiznado por el vaivén del vagón. La taquillera parece llevar allí 200 años.

En el tren la gente es anónima y vulgar. Vidas dispares, de índoles varias, se mimetizan hasta la llegada a la estación.

Y allí, la gran ciudad se alza, como se alzará siempre, después de que hayamos muerto.

Y recuerdas el título de aquella crónica de Olga Rodríguez “El hombre mojado, no teme la lluvia”.

Y entre todo símbolo urbanita, canturreo por dentro:

“El gato que está triste y azul…”

Y solo las palomas parecen escucharme.

No. Ya no hay moscas por la mañana.

La lucha

Luchar es a veces como una afrenta, como una pelea que hay que lidiar con tesón, el justo para no romper el vaso que contiene el licor de la complacencia.

A veces en cambio, simplemente, quitarse las gafas de ver de lejos es mucho mejor que gritarle al viento o que echar atrás el mar.

Y es cuando guardas la panoplia en el arcón de las siete llaves y decides observar como le va al mundo sin ti.

Y te dedicas a esperar. Esperar. Esperar. A mirar el mar y a prometerte que no te harás más preguntas de las que son necesarias.

Esperar a que todos tus fantasmas vengan a visitarte y a decirte que todo era un sueño. Y que vas a despertar.

Porque a veces, lo importante, sí és lo que importa.
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El hombre que perdió su sombrero

“Cuantas veces se nos presenta en la vida la gran oportunidad de partir de cero?”

Con esa pregunta se consolaba el hombre que perdió su sombrero.

Aquel al que le salían pareados sin querer.

Quién no ha ido alguna vez a una cabalgata de los Reyes Magos? Claro que si, qué preguntas tiene el narrador! El símil, aunque desconcertante, viene a cuento de lo narrado.

En la gran avenida repleta de gente adorando al frío, el señor disfrazado de orondo rey persa lanzaba un puñado de caramelos hacia donde estaba el niño ataviado con bufanda y gorro de lana. Forrado en ropa de invierno, observaba como volaban los dulces, envueltos en celofán, con la promesa de acabar en sus manos o de recogerlos del suelo, como un gran trofeo destinado solo a el.

Era tanta su ansia de lograrlo, su afán de abarcar felicidad, que su ímpetu le impidió conseguirlo y, de tantos como había, no recogió ninguno. No había una felicidad para el.

En lo más profundo de su desilusión, habitaba la sensación de haber podido, por un momento coger al menos uno solo. Una felicidad de entre tantas.

Aun así guardó el recuerdo de la ilusión durante toda su niñez. Del primer momento, cuando veía venir el puñado de caramelos. Esos instantes en los que parecía que todo iba bien y que el destino le regalaba muchas oportunidades.

De mayor supo que la vida son cientos de caramelos pasando a través de sus manos.

Y solo, seguía sonriendo cada vez que veía la cabalgata de los Reyes Magos a lo lejos. Una sonrisa espontánea, que ni el mismo percibía. Ya no tenía edad para lanzarse a recoger caramelos. Cuantas cabalgatas había presenciado a lo largo de los años?

Cuanto cuesta reconstruir una ilusión demolida?
Tanto como las ganas de reconstruirla?

…y donde había dejado su sombrero?

En su casa, siempre ajena, preparaba una maleta, y de ella sacaba cada vez más cosas para aliviar su peso, para no cargar con tanto pasado. Y no se deshacía solamente de la ropa. También de si mismo. Del que fue ayer, de aquella piel que no le sirvió, de aquellas manos que no supieron coger caramelos.

Él, que cada vez usaba gafas con más aumento, para poder ver de lejos, porque cada vez era todo más borroso.

Y en la habitación ajena, escribió en un folio por una cara:

Quién serás a partir de ahora? Qué tiene la vida preparado para ti, que te empeñas en beber siempre boca abajo?

El fin es convertirte en hielo? Hacer que los problemas te importen cada vez menos? Ver que los demás sufren por sus propias inquietudes, mientras tu añoras tener alguna?

Qué habrá hecho la vida con aquellos que matan o destrozan otras vidas, me pregunto.
Fueron un día niños esperando coger un caramelo en una cabalgata de los Reyes Magos?

Con furia, agarró el bolígrafo y tachó todo el texto escrito hasta que no se distinguió ni una coma. Le dio la vuelta al folio y escribió:

Por fin, su rumbo fue hallado y plantó miles de árboles, y todos crecían a velocidades pasmosas. Durante cada minuto de cada día, tenía algo importante que hacer y lo hacía.

Y todas la palabras oídas eran verdad y todos los elogios y todos los besos eran sellos de lacra para sobres que contenían pactos eternos.

Sus hijos se sentían orgullosos de él y en su casa había un cómplice. Los chequeos médicos se contaban por victorias y sus empleados rechazaban ofertas de otras empresas.

En el salón de su casa, junto a su esposa, a veces observaban un cuenco repleto de caramelos, que nunca nadie cogía, pues eran suyos. Los había recogido todos y pensaba conservarlos hasta el día de su muerte.

Bebió del vaso rancio y se miró al espejo de pared que había en la habitación ajena, de la casa ajena. Segundos después se fue a dormir intentando recordar en que momento perdió su sombrero y porqué los árboles no le dejaron ver el bosque..

Y en la radio nocturna, muy suave, Harry Nilsson le arrullaba con voz dulce…

Everybody’s talkin’ at me.
I don’t hear a word they’re sayin’,
Only the echoes of my mind.