El cuadro que había colgado en su habitación

El cuadro que había colgado en su habitación llevaba tiempo sin decirle nada. Le veía dormir todos los días y es posible que velara por el.

Hacía dos días que rompió su silencio y le preguntó:

– ¿porqué te afeitas ahora todos los días?

Y el hombre le respondió: eres un cuadro, ¿qué más te da?

– Sonries demasiado.
– ¿Y eso te molesta?
– Me desconcierta.
– Insisto, eres un cuadro, ¿qué más te da?

Oía su voz a traves del ruido de la ducha. Su discurso era imperceptible.

– Has perdido peso.
– ¿En serio? gracias.
– Era un reproche.
– Oh, que mal me siento – ironizó.

La imagen del cuadro permanecía quieta, mostrando el desaire que la convirtió en obra. No mostraba ningún signo de interés por el entorno.

– Pasas demasiado tiempo en el baño.
– Arreglar esto cuesta. Cosas de hombres.
– Los hombres no teneis cosas.
– Desde luego, entiendes de hombres…
– Me pintó uno, como entenderás, algo tengo que saber…
– Siendo así, muchas de tus preguntas se responden por si solas.
– Digamos que me gusta charlar…
– Dime entonces, ¿porqué después de tanto tiempo sin hablar se te ocurre ahora someterme a un interrogatorio?.

Tras unos segundos de reflexión, el cuadro espetó:

– Que pregunta más tonta, solo soy un cuadro.

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