El hombre que perdió su sombrero

“Cuantas veces se nos presenta en la vida la gran oportunidad de partir de cero?”

Con esa pregunta se consolaba el hombre que perdió su sombrero.

Aquel al que le salían pareados sin querer.

Quién no ha ido alguna vez a una cabalgata de los Reyes Magos? Claro que si, qué preguntas tiene el narrador! El símil, aunque desconcertante, viene a cuento de lo narrado.

En la gran avenida repleta de gente adorando al frío, el señor disfrazado de orondo rey persa lanzaba un puñado de caramelos hacia donde estaba el niño ataviado con bufanda y gorro de lana. Forrado en ropa de invierno, observaba como volaban los dulces, envueltos en celofán, con la promesa de acabar en sus manos o de recogerlos del suelo, como un gran trofeo destinado solo a el.

Era tanta su ansia de lograrlo, su afán de abarcar felicidad, que su ímpetu le impidió conseguirlo y, de tantos como había, no recogió ninguno. No había una felicidad para el.

En lo más profundo de su desilusión, habitaba la sensación de haber podido, por un momento coger al menos uno solo. Una felicidad de entre tantas.

Aun así guardó el recuerdo de la ilusión durante toda su niñez. Del primer momento, cuando veía venir el puñado de caramelos. Esos instantes en los que parecía que todo iba bien y que el destino le regalaba muchas oportunidades.

De mayor supo que la vida son cientos de caramelos pasando a través de sus manos.

Y solo, seguía sonriendo cada vez que veía la cabalgata de los Reyes Magos a lo lejos. Una sonrisa espontánea, que ni el mismo percibía. Ya no tenía edad para lanzarse a recoger caramelos. Cuantas cabalgatas había presenciado a lo largo de los años?

Cuanto cuesta reconstruir una ilusión demolida?
Tanto como las ganas de reconstruirla?

…y donde había dejado su sombrero?

En su casa, siempre ajena, preparaba una maleta, y de ella sacaba cada vez más cosas para aliviar su peso, para no cargar con tanto pasado. Y no se deshacía solamente de la ropa. También de si mismo. Del que fue ayer, de aquella piel que no le sirvió, de aquellas manos que no supieron coger caramelos.

Él, que cada vez usaba gafas con más aumento, para poder ver de lejos, porque cada vez era todo más borroso.

Y en la habitación ajena, escribió en un folio por una cara:

Quién serás a partir de ahora? Qué tiene la vida preparado para ti, que te empeñas en beber siempre boca abajo?

El fin es convertirte en hielo? Hacer que los problemas te importen cada vez menos? Ver que los demás sufren por sus propias inquietudes, mientras tu añoras tener alguna?

Qué habrá hecho la vida con aquellos que matan o destrozan otras vidas, me pregunto.
Fueron un día niños esperando coger un caramelo en una cabalgata de los Reyes Magos?

Con furia, agarró el bolígrafo y tachó todo el texto escrito hasta que no se distinguió ni una coma. Le dio la vuelta al folio y escribió:

Por fin, su rumbo fue hallado y plantó miles de árboles, y todos crecían a velocidades pasmosas. Durante cada minuto de cada día, tenía algo importante que hacer y lo hacía.

Y todas la palabras oídas eran verdad y todos los elogios y todos los besos eran sellos de lacra para sobres que contenían pactos eternos.

Sus hijos se sentían orgullosos de él y en su casa había un cómplice. Los chequeos médicos se contaban por victorias y sus empleados rechazaban ofertas de otras empresas.

En el salón de su casa, junto a su esposa, a veces observaban un cuenco repleto de caramelos, que nunca nadie cogía, pues eran suyos. Los había recogido todos y pensaba conservarlos hasta el día de su muerte.

Bebió del vaso rancio y se miró al espejo de pared que había en la habitación ajena, de la casa ajena. Segundos después se fue a dormir intentando recordar en que momento perdió su sombrero y porqué los árboles no le dejaron ver el bosque..

Y en la radio nocturna, muy suave, Harry Nilsson le arrullaba con voz dulce…

Everybody’s talkin’ at me.
I don’t hear a word they’re sayin’,
Only the echoes of my mind.

Un comentario en “El hombre que perdió su sombrero

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