El señor Niño

Érase una vez un señor simple.

Tenía mala dicha, y aunque en realidad su nombre era Señor Niño, la gente del barrio le llamaba señor Olvidado. Decían que estaba loco, pero no lo estaba, solo que el pobre tenía mala suerte.

El señor Olvidado tenía la inquietante manía de subirse a las cornisas de los edificios más altos a esperar que un ángel bajase del cielo para acariciarle el pelo.

Fue el día de su cumpleaños, cuando un querubín, hermoso y lleno de vida, le fue a visitar a la cornisa.

Su pelo era negro y su cara la de un ser feliz.

El señor Olvidado, entonces fue el más dichoso del universo, con tan solo la tersa mano del ángel en su pelo. Le había tocado Dios.

Al día siguiente, como siempre, volvió a la cornisa, esta vez más motivado que nunca, por ver si el querubín volvía de nuevo para darle un minuto de felicidad solo con una mera palabra.

Pero el ángel no volvía, y durante mucho tiempo, el señor Olvidado, siguió con su liturgia en las alturas, sin desfallecer jamás.

Y pasaban los días, las semanas, los meses… y el ente no volvía.

El señor Olvidado murió en la cornisa del edificio más alto, y se reencarnó en otro señor simple, al que apodaron señor Resignación.

Érase una vez un señor simple.
Tenía mala dicha, y aunque su nombre era Señor Niño, la gente del barrio le llamaba señor Resignación.