La cabaña (VIII)

caminante.jpgEl hombre barbudo apenas durmió. Afuera ya era de noche y solo la luz de la luna imperaba ahora en el cielo, iluminando la cabaña de la cima de la montaña. El perro estaba tranquilo y eso era buena señal, pero cualquier cosa podía fallar.

Se levantó del camastro improvisado y abrió la mochila de tela que había arrastrado montaña arriba. De ella sacó un ordenador portátil y le instaló una batería, para después conectarlo.

Su amigo se había acercado hasta el para olisquear.

– Bueno, bueno, chico. Te veo tranquilo, de verdad no notas nada?

Tecleó un login y accedió a sus archivos. Comprobó si había disponible alguna conexión de red, pero se hallaba demasiado lejos de la civilización, incluso de los satélites. Cerró el aparato y lo guardó de nuevo en la bolsa. Cogió el rifle y dió dos palmadas amistosas en la cabeza del animal.

– Vamos, salgamos fuera.

El frío del exterior era intenso, pero el aire estaba limpio de niebla. Ventajas de las alturas.

Entonces, el lebrero dió un respingo y estiró el rabo. Comenzó a ladrar hacia una sombra lejana, cada vez con más fiereza.

– Je. Lo sabía, está por aquí, verdad?

Cogió el rifle con las dos manos y apuntó en dirección a los ladridos. Se oyó un silbido cada vez más cercano y entonces apareció la presa.

Como un flash fotográfico, Milton Hoss, convertido en bestia hizo acto de presencia. El lebrero ladraba casi sin aliento, guardando la distancia, pero en posición de ataque.

– Podías haberme dejado fuera de combate sin haberme dado cuenta.
– Sabes que no puedo hacer eso. Soy un monstruo, pero aun se lo que me conviene. Y no creas que no deseo con todas mis fuerzas dividirte en dos pedazos verticales.

El caminante barbudo acarició al perro para tranquilizarlo y le ordenó sentarse.

– Debes volver al laboratorio. Estas haciendo demasiado ruído y me ha costado mucho encontrarte antes que ellos.

A lo lejos, un hombre permanecía detrás de los árboles. Ese día no había probado el alcohol y decidió seguir al forastero hasta la cima. Actuó con prudencia, siguiéndole de lejos para que ni siquiera el perro pudiese notar su presencia. El alguacil observaba al hombre y a la bestia. Parecía increíble que aun no hubiese sangre bañando la noche. Siguió observando.

– Me has encontrado gracias al perro?
– Sabes que si. Solo él puede mantenerte lejos en un radio prudente. Quieres que te diga porque o ya has sacado tus propias conclusiones? Recononzco que nuestra charla sobre tu infancia me ayudó bastante a recordar este sitio.

La bestia ya no sentía dolor.

– Oí como leías tu informe a los generales, Brailovsky. Hacerlo al lado de la cama del hospital no fue casualidad, verdad?
– He venido a sugerirte que vengas conmigo. La gente del pueblo cree que voy a acabar contigo. Me ha costado relativamente poco montar esta pantomima, pero creo que no estan muy convencidos. Ese alguacil es más listo de lo que parece.

Milton Hoss gritó al cielo con furia y miró al caminante con el odio más profundo que sus ojos podían interpretar. Lanzó un manotazo contra uno de los pinos derribándolo como si fuese una pluma.

– Me habeis fabricado para sembrar el pánico. Mi condición es la de destruír todo lo que haya a mi paso y es lo que pienso hacer. No es eso lo que quiere el ejercito de mi país?
– Un disparo en la cabeza de este chucho bastaría para dejarte en estado vegetativo. No tienes opción, si el muere, estas perdido.

El hombre apuntó a su amigo canino con el rifle y cargó el arma a punto para disparar.

McFadden seguía oculto detrás de los áboles. Había oído parte de la conversación y apenas había entendido gran cosa. Solo la última frase del forastero se le grabó en el cerebro, dándole algo de esperanza.
Se sentía muerto desde hacía mucho y no tenía nada que perder. Se aseguró de que el rifle estaba cargado y apuntó al animal. La distancia era relativamente corta, pero no le garantizaba un blanco perfecto. Su puntería fue un añadido para promocionar y sustituír al viejo alguacil Barrow, pero nunca se había sentido así. Nervioso, consciente de que esa era su última y única oportunidad de imponer la ley.

– Deberías confiar en mí, Hoss. Vuelve al hospital, te proporcionaré retroactivos, llevarás una vida normal, el gobierno ha destinado muchos millones a este experimento y yo soy el responsable. Si amas a tu país, vuelve conmigo.

– Amar a mi país? Llevo toda mi vida amando a mi país y el me lo paga dándome dolor y sufrimiento. Realmente es así el amor?

Brailovsky sacó una pequeña ampolla inyectable de su bolsillo y se la mostró al soldado.

– Ten, esta es tu solución. Ya tendremos tiempo de charlar sobre romanticismo más adelante.

El horrible monstruo en el que se había convertido Hoss reflexionó unos segundos. Lo que le quedaba de humano quería volver a ser de nuevo un oficial condecorado y una persona normal. Miró la mano de Brailovsky y vió un rayo de esperanza dentro de su puño. Asintió levemente con la cabeza y extendió el brazo derecho.

– Es lo mejor que puedes hacer, Hoss.

Pinchó una jeringuilla
en el frasco y la llenó de un líquido verdoso. Se acercó al gigante, sin perder de vista al perro que aun permanecía sentado. Ese animal era su salvación, su escudo y al mismo tiempo la clave de su experimento. Aquel que le había llevado a diseñar el arma más mortífera después de la bomba atómica.

Justo en ese momento sonó un disparo y el perro emitió un doloroso alarido.

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