La cabaña (IX)

labo.jpgSeis meses antes antes.

Un joven ataviado con una bata blanca y un portafolios se acercó al mostrador de la recepción del hospital. No estaba acostumbrado a trabajar para militares y mucho menos para el gobierno, pero era una forma estupenda de labrarse una carrera en la investigación.

– Perdone, estoy buscando al doctor Brailovsky. Creo que me espera.
– Si, únase a esos otros señores, enseguida les conducirán hasta el laboratorio.

En la sala de espera, unos diez hombres en bata blanca, aguardaban la llamada que no tardó en realizarse. Un soldado uniformado les instó a seguirle atravesando varias puertas, en las que el soldado se identificaba en un scaner de retina por cada una de ellas. Los pasillos estaban atestados de soldados armados en posición de guardia.

Llegaron a una especie de aula que hacía las veces de laboratorio y allí les recibió un hombre alto, con barba que sujetaba a un perro lebrero por una correa de cuero.

– Buenos días, soy el doctor Brailovsky. He leído todos sus informes y son ustedes aptos para formar parte del equipo de investigación. Empezaré por ponerles un poco al corriente de todo.

Se acercó a una pizarra blanca y esgrimiendo un rotulador empezó a garabatear unos esquemas.

– Les habrán puesto al corriente de lo importante que es la confidencialidad del proyecto, estoy seguro de su lealtad, pero me veía en la obligación de recordarselo. En este esquema bastante simple les resumo la intención del experimento. Se trata de un proyecto de soldado de élite. Nuestro gobierno destina cada año 4.000 millones de dólares al ejercito, de los cuales un 80 por ciento va a parar a las tropas que intervienen en los diversos países en los que nuestros soldados estan presentes. Por cada hombre, el gobierno pierde demasiado dinero. Nuestro proyecto se encarga de investigar una solución que a largo plazo nos ahorre muchos millones. Conocen la biomecánica casi mejor que yo, por eso han sido seleccionados.

Señaló el esquema acomodando sus gafas.

– Como pueden ver aquí, se trata de de hacer realidad el sueño del hombre biónico. Ven ustedes las tele, señores?

Unas sonrisas apagadas llenaron la sala, y el ambiente se distendió un poco.

– Bien. Para que esto se lleve a cabo, hemos contado con la inestimable colaboración de uno de nuestros soldados. Le hemos intervenido quirúrjicamente y le hemos sustituído diversas piezas óseas por otras de titanio, pero vengan, vengan, síganme.

Los diez cientificos siguieron al doctor como si de un mesías se tratase, expectantes y curiosos.

Entraron a otra sala contigua, previa indetificación de retina del soldado de guardia. En la habitación había una ventana que daba a un cuarto con una cama, donde descansaba un hombre, asistido por una máquina que le controlaba.

– No hubo rechazo y el sujeto se recupera favorablemente. Aquí les facilito varios datos sobre el procedimiento.

Repartío varias carpetas entre los asistentes y prosiguió con su charla.

Encendió un aparato de televisión que había en la sala y cargó un disco cd en ella.

– En este momento el sujeto no puede hacernos ninguna demostración, pero aquí les enseño que es lo que pasó en la sala blindada. Le sometimos a pruebas para comprobar su efectividad en la batalla y este fue el resultado.

Pulsó un mando a distancia, y en la pantalla, unos planos de la sala blindada conmocionaron a los presentes, que emitieron comentarios de asombro.
En el monitor, podían verse varios destrozos, cientos de agujeros de bala en las paredes y varias láminas de acero dobladas en el suelo.

– El resultado es favorable, como pueden observar, pero debo decirles que el aspecto del sujeto varía considerablemente en el que llamamos “estado límite”.

Un joven con gafas y el pelo engominado, tomaba notas sobre las palabras del doctor. Subiendose las gafas que le resbalaban de la cara sudorosa, le preguntó:

– Ese estado límite…en que consiste, doctor?
– Le llamamos así porque es cuando el sujeto se halla en su estado más agresivo.
– Puede ser más concreto, doctor? Cómo varía su aspecto exactamente?

El doctor abrió una carpeta y de ella sacó un par de fotos. Las arrojó en la mesa dejándolas a la vista de los asistentes.

– Este es el aspecto del sujeto en primera línea de batalla.

Otra vez los murmullos
y los comentarios de asombro. En la imagen se podía ver a un extraño ser de unos tres metros, horrible, inspirado en el mismo satanás.

– Cómo controlamos al sujeto, doctor?- el joven de las gafas sintió un escalofrío e imaginó a esa bestia descontrolada.

– Todo su esquema óseo está paralelamente vinculado al de otro sujeto por medio de impulsos eléctricos, siendo necesario que ambos esten alejados a una distancia de no menos de diez metros. Si esto no se diese así, el sujeto b, que es nuestro paciente, quedaría eventualmente inutilizado, mientras se encuentre dentro de ese perímetro. Si el sujeto a resultase eliminado, el sujeto b quedaría inútil para siempre, perdiendo incluso la vida. De esta forma los altos mandos se garantizan el control absoluto de los soldados de élite.

– Y quien es el sujeto a, doctor?

El cientifico se agachó y extendió la mano para acariciar el hocico del perro.

– Esa información, caballeros, de momento no les será revelada. Aquí termina la charla de hoy. Les espero mañana.


Semanas después,
Milton Hoss, una vez recuperado, mostró sus habilidades como soldado y escapó del hospital llevándose una maletín con retroactivos. El alto mando militar amonestó al doctor Brailovsky y le impuso como ultimatum la destrucción del sujeto a para garantizar la seguridad del proyecto y de la población. El científico se negó a revelar el orígen del sujeto a y pidió una prórroga antes de la cancelación del proyecto. Solicitó que el ejército tratase de encontrar a Hoss pero que al mismo tiempo le diesen unos meses para hacerlo él mismo.
Su petición fue aceptada y con ayuda de sus notas, supo donde podía estar el soldado desaparecido.

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