La Cabaña (Fin)

fin.jpgEl perro, cayó al suelo, herido. McFadden había fallado.

En cuestión de segundos, el doctor Brailovsky retrocedió sus pasos hacia el orígen del disparo, dejándo caer la jeringuilla al suelo. La bestia se arrojó hacia ella y la sostuvo entre sus enorme dedos. Pensó que no podía clavarla en sus brazos, que eran duras como rocas y apuntó la jeringa hacia su ojo derecho, inyectándose el líquido verdoso.

McFadden salió de entre los árboles apuntándo con el rifle al doctor.

– No se mueva, amigo.

Brailovsky levantó las manos como en un gesto de calma.

– Tranquilícese, alguacil. No tiene ni idea de qué es todo esto. Deje que yo me encargue de todo.

El perro permanecía estirado en el suelo. La bala le había rozado el lomo y sangraba. A unos metros de el, un hombre desnudo intentaba levantarse del suelo. El retroactivo había hecho su efecto y había devuelto a Milton Hoss a su estado normal.

– Le he oído, amigo. Si acabo con el perro, acabaré también con ese engendro.
– No, por favor. Usted no se imagina la magnitud de todo esto. Además, usted conoce a Hoss, es un vecino suyo. Mírelo, esta ahi.

El alguacil McFadden recordó el horror vivido hacía unos meses. La muerte de sus amigos, de sus vecinos y el éxodo masivo de los habitantes de su pueblo. Levantó la escopeta y descargó dos balas en la cabeza del perro, que cayó redondo en un charco de sangre.

El doctor Brailovsky, se echó las manos a la cabeza y gritó con fuerza, lamentándose de la decisión del alguacil.

Toda su carrera había acabado, en un punto final agónico del cual jamás volvería a resurgir. Las fotografías mentales del experimento se sucedían en su cabeza y destrozado se arrodilló en el suelo, queriendo morir.

Cerca de el, el cuerpo de Milton Hoss, se retorcía entre espasmos, casi inerte. La vida se le había acabado, pero sus huesos aun respondían a los impulsos del leve hilo de vida que aun le quedaba al perro. Instantes despues, ambos perdieron la vida definitivamente.

McFadden
había impuesto la ley una vez más. Cogió del brazo al aturdido doctor y le condujo montaña abajo con decisión.

El sol salía y los primeros halcones de la mañana, los más valientes, ya imperaban el cielo.

EPÍLOGO

Viernes, 25 de Enero. Noticias de las 9, con Brandon Johnson.

“Las negociaciones entre el gobierno y los líderes de la guerrila no han sido fructiferas. El ministro de exteriores ha manifestado que ha hecho todo lo que estaba en su mano para negociar la liberación de los rehenes americanos, en manos del grupo terrorista “Senda de Luz”.
Las peticiones excesivas de los emisarios han dado pie a que el gobierno americano opte por tomar medidas drásticas.

No se descarta la intervención militar en la zona. Según fuentes del ministerio, se baraja la posibilidad de enviar a fuerzas de élite en misión de rescate. El gabinete ha negado esa opción, pero tenemos unas palabras del responsable de investigación militar del servicio de inteligencia, el doctor Adam Brailovsky, en las que manifiesta que en el caso de el envío de tropas délite, la posibilidad de éxito es de un cien por cien.”

Eran ya las doce de la noche. En el laboratorio no quedaba nadie, solo los guardias que vigilaban las puertas. En la habitación blindada, un hombre se recuperaba de una operación. A su lado, cientos de camas, con cientos de hombres en estado convaleciente. En el despacho que había en la planta cuatro, las letras de la puerta enunciaban el nombre del científico: “Adam Brailovsky”.

En el escritorio, una carpeta con una nota pegada. En ella se podía leer: “Prescindir del sujeto A”.

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