La cabaña (VII)

dolor.jpgHabían pasado varios meses desde que Milton Hoss se sometió al experimento. Desde entonces, su vida se había convertido en la de un fugitivo. El servicio de inteligencia le buscaba y no podía quedarse mucho tiempo en el mismo sitio. Le dolía todo el cuerpo y sus dósis de retroreactivo se estaban acabando. Cualquier cosa podía pasar.

Tenía las manos manchadas de mucha sangre, de la sangre de los soldados que vigilaban su habitación en el hospital militar, de donde se había escapado.

Había dejado atrás todo y se sentía traicionado por aquellos en los que siempre había creído. Aquel experimento no era una prueba rutinaria, por eso había sido seleccionado de entre todos los voluntarios para ser sometido a una intervención quirúrjica. Sentía que sus extemidades pesaban mucho y que su fuerza se había multiplicado por cien. Estaba cambiando, mutando poco a poco y la incertidumbre le provocaba una ansiedad aterradora.

Solo había un sitio en el que nadie le encontraría.

Recordó su infancia en el pueblo y aquella cabaña que estaba en la cima de la montaña, subiendo a través del pequeño bosque. Sin duda, ese era el lugar al que tenía que ir.

Pero no huía de los militares, ni siquiera de él mismo. Escapaba de su bestia negra. De su némesis.

De aquel hombre que estuvo a su lado en el experimento. Huía de él, pero le esperaba, porque solo él podía saberlo todo.

Recordaba y sentía miedo. En las pruebas posteriores a su convalecencia, se convirtió en su guardián. Mientras estaba consciente, siempre estaba ahí, a su lado, con su bata blanca y su libreta. Y lo que era más aterrador, con aquel maldito perro.

Cogió su maleta y palpó en ella para asegurarse de que no se olvidaba su estuche de cuero. Apuró el trago y salió a la calle. Inspiró un poco de aire y siguió su marcha. No estaba muy lejos de su destino.

Caminó varias millas, de noche, hasta que amaneció. Pudo ver a lo lejos la montaña y pensó en bordear el pueblo, no le apetecía nada explicarle a nadie, ni siquiera a su familia. Le dolía la espalda.

Horas después casi había llegado a la cima. El sol se mostraba cruel y el cielo estaba dominado por los halcónes. Esbozo una sonrisa, mientras recordaba su niñez y como subían hasta allí él y sus hermanos para contar todas las aves del cielo.

La cabaña seguía ahí, reparada, vieja, pero limpia. Al parecer la saga de los Callaghan continuaba adecentándola para los turistas. Eso le recordó que no era época de visitas y que tendría algo de paz.

Rompió el cristal de una de las ventanas y se coló al interior. No encendió el fuego de la chimenea para no alertar a los vecinos, aunque sentía frío. Sacó su jeringuilla pistola, y comprobó que no le quedaban más frascos, aquel era el último.

Pasó el resto del día buscando algo que comer, maldiciendo a los halcones por no tener ni un conejo que cazar. Pero el hambre era lo menos importante.

El espejo le mostraba unas facciones más endurecidas y la ropa se le rasgaba por las costuras poco a poco. Se estaba convirtiendo en algo extraño. Desnudo, comprobó que el dolor de su espalda no se debía a la pesada carga, si no a dos extraños bultos a la altura de los dorsales. El dolor era cada vez más insoportable.

El miedo se apoderaba de el y rezó durante toda la tarde.

Al caer la noche, el hombre que había subido a la cabaña no podía soportarlo más. En cuestión de un par de horas, sus brazos había crecido y sus huesos se habían estirado proporcionándole un terrible dolor. Casi no podía andar. Decidido, buscó una cuerda resistente y con ella se hizo una soga. No sabía que le estaba pasando, pero quería acabar con aquello de inmediato y justo en el momento de colgar la soga en la viga de madera del techo, sintió el peor dolor cuando de su espalda brotaron de repente dos alas metálicas, rasgándole la carne. Su grito le rajó la garganta por dentro haciendole emanar un hilo de sangre de su boca.

Todo era dolor y más dolor, solo dolor.

Salió de la cabaña y corrió intentando paliar en algo aquel sufrimiento hasta que, horas más tarde, remitió ligeramente.

Miró sus manos enormes y corrió al espejo. Ya no era el, sino el mismísimo demonio. El experimento había sido un éxito.

A la mañana siguiente, aun permanecía de pie frente al espejo, el tiempo se había parado y se sentía fiero, feroz, tenía unas ganas terribles de destrozar todo a su alrededor. Ahora era un soldado de élite, listo para ganar cualquier guerra. Listo para servir al ejército de los Estados Unidos.

Oyó un ruido afuera. Un joven se acercaba a la cabaña.

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