La cabaña (VI)

dog.jpgEl Alguacil McFadden era de los pocos que quedaban en el pueblo. Allí enterró a su hijo y a su esposa y allí sería enterrado el. Hacía algunos meses que no sonreía. Cada día para el era el último y ya no esperaba nada de nadie.

Todo estaba en calma tensa y no había vuelto a morir nadie desde la noche en la que el Diablo le miró a los ojos muy de cerca.

Miró al desgarbado personaje que acababa de entrar a la oficina durante un par de segundos y continuó su labor de papeleo e informes para presentar en la Reserva Federal de Dallas.

– Si viene en busca de alguna notícia pierde el tiempo amigo. Todo lo que necesite saber puede leerlo en esos panfletos que suelen ustedes publicar. Será mejor que coja a ese chucho y se largue.

El hombre barbudo se rascó una ceja.

– No se preocupe por Áyax, no suele cagar en los suelos encerados. Parece que no hay mucha actividad por aquí, no?

McFadden volvió a mirar al hombre sabiendo con un solo vistazo que era un tipo inofensivo.

– Está buscando algo en concreto? Aquí no nos gustan los graciosos.
– Mire, alguacil, no tenemos mucho más tiempo. Llevo varios días caminando por la intercomarcal pisando erizos, créame que no tengo ánimos de hacer chistes. Usted tiene un problema, su pueblo lo tiene, y si no lo evitamos, quizá todo el jodido planeta tendrá un problema.

El viejo policía miró con interés al caminante y se acercó a este en actitud amenazante.

– Escúcheme, capullo!! No se que le han contado ni que pretende, pero tengo las pelotas hinchadas y una pistola en el cinto, le doy cinco segundos para que salga de aquí y vuelva a donde carajo haya salido.

El hombre no se inquietó y manteniendo la calma con la que había entrado por la puerta intentó apaciguarle.

– Tranquilicese, McFadden – miró la placa encima de la mesa – su problema mide tres metros y posee la crueldad de cienmil sanguinarios psicópatas. Yo he venido a acabar con el.

La mano tensa del alguacil se apartó lentamente del arma que yacía en su cintura y sus ojos se fijaron en los del hombre misterioso. Varios segundos después suspiró y cogió su botella preferida.

– ¿Trata de decirme que es a usted a quien espera esa bestia?, ¿se ha mirado al espejo?. No se si reír o llorar por la humanidad. Dígame quien es usted, y quien es el.

– Va a beberse esa botella usted solo, alguacil? Quien yo sea no importa, solo necesito provisiones y la llave de esa cabaña de la cima de la montaña. No se preocupe por nada más. Yo evitaré que pase nada.
– Aun no me ha dicho que quiere a cambio.
– Lo sabrá cuando todo acabe.

Se acercó a la ventana de su despacho y perdió la vista en ninguna parte.

– Mire, amigo. Hace meses que ya no me pregunto nada. No se que es real o que es imaginario. Ni siquiera me interesa de donde ha salido ese monstruo. Le daré las jodidas llaves y las provisiones. Y que Dios se apiade de su alma.

– Dios nunca ha dejado de hacerlo. Saldré por la mañana, le importa que duerma por aquí? No tengo dinero y además, creo que el hotel del pueblo está cerrado.

McFadden rezó en silencio pero no pudo calmar su espíritu. Aquel extraño era un loco que sucumbiría en manos del demonio de alas metálicas. Sus almas estaban condenadas.

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