La cabaña (V)

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Milton Hoss se consideraba un patriota americano desde que tuvo uso de razón. Nació y creció en un pequeño pueblo cercano a Dallas, donde la vida pasaba a cámara lenta y las pretensiones de futuro se reducían a un futuro en el campo.

Su afición a las revistas bélicas y a las grandes batallas eran su vía de escape para sobrellevar el tedio. Era el mayor de tres hermanos y su condición le dotó de un sentido de la responsabilidad elevado, acorde con los ideales de su familia, de procedencia escocesa.
No tardó mucho en descubrir su destino, cuando el oficial de reclutamiento se alojó un par de días en el pueblo para buscar hombres que diesen la vida por los Estados Unidos.

Ser soldado era su gran futuro y lo que siempre había soñado.

Ingresó en la academia militar de Oak Ridge, en Tennessee como cadete y promocionó hasta convertirse en un oficial cono honores. Aunque eso no le libró a la posibilidad de ir al frente en primera línea, no obstante era su deseo.

Estuvo presente en Irak y en Kosovo, donde perteneció a un comando de élite en ayuda humanitaria.
Participó en la misión de asalto en Panamá y fue condecorado.

Pero su lacra era su constante incapacidad por promocionar aun más. Su talento militar se limitaba a la lucha a pie de campo, pero nunca pasó las pruebas de examen para ascender de rango. Y aun así quería darlo todo por su país.

El ejercito solía pedir voluntarios para pequeños experimentos de exposición a agentes bacteriológicos de carácter inofensivo y aunque no lo hacía entre los oficiales, Milton siempre estaba dispuesto a colaborar en todo aquello que hiciese falta, el dinero no le venía mal, pues su afición al alcohol y a las prostitutas se llevaba gran parte de su sueldo. Pero aunque su vida diaria fuese un verdadero desorden, siempre había lugar para la disciplina militar.

En el hotel que había en la salida 40 dirección a Knoxville, un hombre contaba tres billetes de cien sobre la mano de una joven prostituta.

– Es lo acordado, no? Ahora lárgate y cierra la puerta al salir.

La muchacha no se entretuvo y salió por la puerta contoneando las caderas como una deformación profesional. El hombre encendió un cigarrillo y puso dos piezas de hielo en un vaso. Se sirvió un Bourbon y sacó de su maleta un estuche de cuero.

En el había una pistola jeringa Roux de latón cromado y varias agujas, junto a unos frascos que contenían un líquido amarillo. Cargó la pistola con uno de ellos y se punzó en el hombro. Contó los frascos restantes y mesó sus cabellos hacia atras dando un sorbo del vaso con hielo.

– Necesito algunas más de estas.

Apagó la luz e intentó dormir.

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