La cabaña (I)

caba2.jpg A medida que subía la montaña el aire era cada vez más dificil de respirar. Cerca de él, un desgarbado perro que, después de horas caminando cuesta arriba, aun volvía sus pasos hacia atrás de vez en cuando, en lo que parecía un gesto de sorna hacia el fatigado aventurero.

 

– Creo que Dios no equilibró bien entre fortaleza e inteligencia con los de tu condición, amigo.

Escupió a un lado, arrugando los párpados a un sol desafiante. El animal seguía olisqueando los riscos sin buscar nada, solo obedeciendo al instinto.

El hombre detuvo sus pasos para beber un trago de agua de una pútrida cantimplora metálica. El aire le quemaba en los pulmones y el sudor se transformó de húmedo destello a viscoso manantial.

 
El horizonte evidenciaba un paisaje precioso, que se había convertido en un óleo bidimensional, debido a la altura. Los halcones dominaban el cielo, presagiando un perfecto y soleado día de cortejo.

Transcurrieron dos horas más de ruta hasta que los cansados ojos del hombre avistaron por fín la cabaña construída cruelmente en la cumbre. El hocicudo lebrero corrió hacia ella en pos de un trago de merecida agua.

Todo se erigía en un decorado apacible, sereno. Dos abruptos robles flanqueaban la casa pintandolo todo con su sombra, dibujando tétricos rincones oscuros, esbozos lúgubres que inquietarían incluso al maligno. No había pájaros, ni insectos, los halcones se habían adueñado del cielo y hasta los zorros merodeaban en el llano, huyendo cobardemente de las aves imperiales.

El rudo caminante llegó al porche a paso lento y se derrumbó en la silla de madera agradeciendo al cielo poder levantar los pies del suelo y desprenderse de las raídas botas que hacían supurar las llagas de sus talones, no sin antes apoyar el rifle en la pared, donde permaneció firme y enhiesto, en amenazante vigilia, esperando ser asido y usado.

El perro olisqueó los malolientes y macilentos pies del hombre barbudo y recibió un ligero manotazo.

– Aparta, repugnante cucaracha! Vete a mear troncos. Y luego vuelves, tenemos trabajo que hacer.

Una vez saciada su sed de agua, era el momento del trago fuerte y liberó de su bolsillo una brilllante petaca cromada, que acercó a sus labios ofreciendo el hervor del whisky a sus entrañas.

Miró su reloj de bolsillo, de los que ya nadie usaba y echó un vistazo al cielo, donde aun brillaba desafiante el sol.

– Creo que tenemos tiempo de echarnos un rato, amigo. Tenemos muchas balas que gastar esta noche.

El can pareció entender el mensaje y acomodó el lomo al lado de la silla, girando tres veces sobre sí mismo hasta recostarse en el cálido suelo de madera.

Al caer la noche, las lechuzas tomaron el relevo de los halcones, que descansaban en sus templos de rama, en las peñas más altas. El cielo continuaba estando vigilado, pero en la tierra todo podía pasar esa noche.

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