La cabaña (IV)

hand.jpgLa misma noche en la que Moran murió destripado, veinte hombres armados se preparaban para salir en busca de la bestia de la que hablaba el viejo Breeder. Quien fuese el que hubiese destripado a Moran, no podía ser humano, y el alguacil estaba dispuesto a ir a por todas.

McFadden era un hombre rudo, valiente y a pesar de su edad, presumía de una fuerza envidiable. Pero esa noche muy adentro suyo sintió miedo por primera vez.

Los vehículos estaban preparados, los rifles cargados y las familias resguardadas en la iglesia.

De repente, alguien gritó. Era Carlson, empleado de la refinería. Un hombre enorme, que ante lo que vió no pudo hacer otra cosa más que gritar de pánico. Estaba justo a escasos metros de la patrulla y todos dirigieron la vista hacia el chico, que señalaba aterrado hacia el tejado del ayuntamiento.

Allí, erguido y con los brazos cruzados había un horrible hombre con alas de acero. Medía unos tres metros y sonreía con la expresión más repugnante que cualquiera de los hombres hubiese visto jamás.

– Baje de ahí con los brazos en alto o le volaré la cabeza!!

La orden del alguacil fue ignorada.

Todos los rifles dipararon al unísono en una tormenta de fuego, pero la figura había desaparecido. Continuaron disparando hasta que McFadden dió la orden de alto el fuego. Un silencio terrorífico, incómodo se mantuvo en la noche durante unos dos minutos.

Una enorme mano salió de la oscuridad y golpeó a uno de los hombres arrancádole la cabeza de cuajo y desplazando su cuerpo unos veinte metros. Nadie supo hasta horas depués de quien se trataba. Esa vez nadie tuvo fuerzas para disparar.

Ahí, enmedio de los veinte hombres, que ya eran diecinueve, la bestia permanecía de pie, desafiante. El terror evitó que cualquiera de ellos pudiese ni siquiera emitir un leve suspiro, los rifles parecían haberse congelado. McFadden sintió aun más miedo y deseó poder morir en ese instante, si eso le evitaba la presencia de aquella aberración.

El engendro se acercó y agachó la cabeza hasta ponerla frente a la del alguacil. A escasos centímetros, podía oler su aliento podrido y sentir el dolor que reflejaba el acero de sus ojos. Emitía una energía punzante, casi eléctrica. Durante el escaso minuto que duró aquella agonía, el hombre notó su ritmo cardíaco con una aceleración que le tuvo al borde del desmayo. Acababa de ver como aquella bestia decapitaba a un hombre justo a su lado y pensó en su propia cabeza separada de su cuerpo.
Extrañamente, aquella especie de endriago, sin dejar de apuñalar con su mirada, sentenció unas palabras frías. Su voz era un vertedero de cadáveres.

– Cuando aparezca, decídle que estaré en la montaña. Nada podrá salvaros.

Sin apartar la mirada de McFadden, alargó un brazo hacia atrás y cogió por la cabeza al menor de los Callaghan, que estaba justo detrá suyo, apretándo su cráneo con los dedos. El joven bramó de pánico e intentó, sin exito, zafarse de aquella enorme garra.

– No lo olvides.

Y cerró la mano completamente aplastándo la cabeza del chico y convirtiendola en una viscosa baba de materia gris. Los ojos les resbalaban entre los dedos.

Lanzó el cuerpo contra una pared y se adentró, caminando hacia el bosque.

Nadie dijo nada, nadie hizo nada. Pasaron aun unos minutos antes de que el mayor de los Callaghan se arrodillase ante los restos postrados de su hermano. El valeroso alguacil, bañado en sudor y pánico, apenas pudo sostenerse en pie víctima del vértigo.

– Volvamos a la iglesia.- consiguió balbucear.

No hubo nadie que pudiese dormir aquella noche.

Dos días después, de los dieciocho hombres que sobrevivieron esa noche, dos quedaron en estado catatónico. Arthur Phoebes se ahorcó en el granero, dejándo una breve nota a sus pies: “No puedo vivir más, prefiero quitarme la vida a volver a verlo de nuevo”.

El pueblo se sumió en una depresión profunda y sus habitantes permanecieron en la iglesia durante semanas.

McFadden había dado parte de los hechos a la central de policía de Dallas, pero nadie creyó sus palabras, argumentando que los fondos destinados a la seguridad no podían ser malgastados en fantasías. De los cuatro muertos, nadie habló más.

Algunos periodistas voraces se acercaron al pueblo durante las semanas siguientes en busca de un titular, pero solían ser redactores de revistas paranormales, por lo que la notícia no tuvo credibilidad y las esperanzas de los habitantes del pueblo se esfumaban.

Poco a poco, el interés se iba diluyendo y en el pueblo casi no quedaba nadie. Cientos de personas habían hecho las maletas para alejarse de aquella pesadilla y solo los más arraigados se quedarón para dar la vida por sus tierras. Se había convertido en un pueblo fantasma.

Un lunes cercano al invierno, alguien entró en la oficina del alguacil. Iba acompañado de un perro lebrero. Tenía la piel seca y castigada por el sol. Vestía unas ropas sucias y un sombrero adornaba su cabeza al mismo tiempo que cubría su piojosa melena.

– Hola, alguacil. Creo que me estaban esperando.

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