La cabaña (III)

bosque5rh1.jpgEl viejo caminaba por el sembrado despacio, tranquilo. Pensaba volarle la cabeza al animal y volver a casa. Su momento preferído solía ser al anochecer, con los pies en remojo delante del televisor hasta quedarse dormido. Ya no eran tiempos de andar gastando energías en el campo, como había hecho durante toda su vida.

El sol aun no se había puesto y pensó que tendría tiempo de apaciguar el espíritu de ese perro herido, al que había oído lamentarse.

Caminó hacia el bosquecillo de árboles al lado de la montaña, guiado por el grito desgarrador y se adentró un poco más hasta que detuvo sus pasos ante una extraña figura que se dibujaba a unos trecientos metros bosque adentro. Comprobó que aquel alarido no provenía de ningún animal, si no de una persona, por lo que parecía, pues se erguía sobre dos piernas.

Fijó su vista de anciano y osó acercarse un poco más. En ese momento, su sangre parecío haberse detenido. Sus piernas flaquearon y apenas pudo esgrimir el rifle, que cayó al suelo.

Aquella figura era algo similar a un hombre. Gritaba de dolor, un grito ensordecedor, cada vez más fuerte.

Sus brazos eran enormes y musculados, el pecho amplio y fibrado. La cara reflejaba una agonía sobrecogedora, elevada al cielo, colmada de dolor. Tenía un puño apretado fuertemente, conteniendo tripas y visceras, que emanaban un reguero de sangre viscosa. En la otra mano sostenía el cuerpo inerte de un lobo destripado, asiéndolo por el cuello.
De su espalda brotaban una especie de alas metálicas, como lanzas clavadas en el dorso.

A pesar de su aparente dolor parecía estar esbozando una sonrisa.

Detuvo el grito y bajó la cabeza, clavándolo sus ojos en los del anciano. Su mirada era increíblemente terrorífica, la mirada del mismo Diablo, los ojos negros en contraste con el blanco, las cuencas oscuras, sombrías. Sostuvo el gesto, con la sonrisa como una cuchilla, y el anciano escapó presa del pánico, sacando fuerzas de flaqueza para poder correr como jamás corrió cuando aun era joven.

Consiguió llegar al porche de su casa, sin mirar atrás y cerró la puerta con todos los cerrojos. Se arrodilló delante de la chimenea envuelto en meados, con la ropa completamente mojada y delirando frases que salían solas de su boca.

Horas más tarde perdió el conocimiento después de vaciar la botella de ginebra que guardaba en la alacena y que conservaba desde hacía muchos años, tantos como la última vez que probó el alcohol.

Durante los días posteriores, procuró no estar sobrio para no recordar esa noche, para no sufrir el pánico que, aun borracho, le hacía llorar.

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