La cabaña (II)

Hacía ya una semana que los muchachos de Frankie Callaghan habían encontrado el cadáver del joven vástago de los Murray.

Al parecer, andaban emborrachándose cerca del pozo, en los límites del pueblo. Cada semana solían echarlos de la cantina por organizar peleas y acababan sus juergas conduciendo y bebiendo cerca del camino que subía a la montaña.
Según contó el mayor de ellos, mientras conducía, pensó que había atropellado a un zorro o algo parecido, y que, cuando fue a comprobar los daños del parachoques, encontró un brazo aplastado, pegado a la rueda delantera.

Asustados, siguieron el rastro de la sangre hasta encontrar el cuerpo despedazado del chico de los Murray, al que reconocieron por su peculiar cabello rojizo, que aun se podía entrever de su cabeza decapitada y bañada en sangre. Según McFadden, en su vida de alguacil, jamás había visto a dos hombres tan recios contar una historia temblorosos como gallinas.

El forense había viajado desde Dallas durante aquella noche para intentar averiguar la causa de la muerte. Su informe fue inconcluyente, pero destacó los aspectos más importantes: el cuerpo había sido descuartizado, despellejado y le habían sido sustraídos varios órganos. Descartó la posibilidad de que fuese un animal salvaje, debido a que las partes más abundantes en carne no fueron devoradas, como hubiese hecho un lobo, o quizá un coyote.

Billy Joe Murray había partido, como cada otoño, a echar un vistazo a la cabaña de la cumbre, para limpiar los excrementos de las alimañas y adecentarla un poco para la visita de los turistas. Esa fue la última vez que su madre supo de el.

Un par de días después, los lugareños ya habían hilvanado cientos de hipótesis e historias a cual más descabellada. Pero hubo un testimonio revelador, que fue aun más inquietante. El del viejo Breeder, un irlandés de principios y que, a pesar de su condición, jamás bebió un solo trago.

Le contó al alguacil que dos semanas antes del terrible suceso, se encontraba engrasando las bisagras de su granero, al pie de la montaña, cuando oyó unas voces lejanas, más bien lamentos desgarradores, que atribuyó a algún perro herido. Encerró a los bueyes y cogió su rifle para ir a echar un vistazo. Pensó en matar al pobre animal para paliar su sufrimiento, pero lo que vió le dejó el corazón helado.

Escondido tras los árboles, pudo verlo casi todo gracias a que aun no había anochecido completamente.
Desde entonces, el anciano se volcó en la bebida y dormía en la calle musitando frases ininteligibles.

Después del entierro de Murray, McFadden le reprochó no haber contado esa historia antes de que pudiese pasar algo como lo que ya había pasado. Pero, ¿quien iba a creerle?

La vigilancia se intensificó durante la semana siguiente. Los granjeros montaban guardia en patrullas y la cantina había cerrado. Todos necesitaban estar en las mejores condiciones para hacer frente a la amenaza. Se habían pedido refuerzos a las autoridades de Dallas, pero aun tardarían en llegar.

Los caminos fueron iluminados con improvisadas antorchas. Las mujeres y los niños permanecían encerrados en casa y todo hombre valeroso aguardaba para el relevo periódico.

Todo permanecía tranquilo, con un sosiego postizo, cargado de tensión, hasta que el sonido atronador de un disparo lejano conmocionó al retén de guardia.

McFadden convocó a cuatro hombres y todos subieron al Jeep, dirigiéndose hacia el eco de la detonación.

A unos quinientos metros vieron al joven Bobby Moran que se acercaba a ellos, caminando renqueante, sosteniendo una antorcha y visiblemente alterado.

Su semblante era el de un hombre que hubiese visto el terror en todas sus formas y apenas atinó a completar una frase. Tenía todo el cuerpo inundado de sangre.

– Cálmate, Bobby. Dinos que has visto.

Poco pudo decir, pues cayó de bruces, derramando sus intestinos a través de un enorme corte en el vientre. Al caer, sus entrañas sonaron igual que un charco de barro al pisarlo.

El alguacil ordenó que alguien recogiese al malogrado Moran y oteó a lo lejos, sin ver nada, solo noche, solo oscuridad. Un grito doloroso, se oyó detrás de los árboles al pie de la montaña.

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