La Cabaña (Fin)

fin.jpgEl perro, cayó al suelo, herido. McFadden había fallado.

En cuestión de segundos, el doctor Brailovsky retrocedió sus pasos hacia el orígen del disparo, dejándo caer la jeringuilla al suelo. La bestia se arrojó hacia ella y la sostuvo entre sus enorme dedos. Pensó que no podía clavarla en sus brazos, que eran duras como rocas y apuntó la jeringa hacia su ojo derecho, inyectándose el líquido verdoso.

McFadden salió de entre los árboles apuntándo con el rifle al doctor.

– No se mueva, amigo.

Brailovsky levantó las manos como en un gesto de calma.

– Tranquilícese, alguacil. No tiene ni idea de qué es todo esto. Deje que yo me encargue de todo.

El perro permanecía estirado en el suelo. La bala le había rozado el lomo y sangraba. A unos metros de el, un hombre desnudo intentaba levantarse del suelo. El retroactivo había hecho su efecto y había devuelto a Milton Hoss a su estado normal.

– Le he oído, amigo. Si acabo con el perro, acabaré también con ese engendro.
– No, por favor. Usted no se imagina la magnitud de todo esto. Además, usted conoce a Hoss, es un vecino suyo. Mírelo, esta ahi.

El alguacil McFadden recordó el horror vivido hacía unos meses. La muerte de sus amigos, de sus vecinos y el éxodo masivo de los habitantes de su pueblo. Levantó la escopeta y descargó dos balas en la cabeza del perro, que cayó redondo en un charco de sangre.

El doctor Brailovsky, se echó las manos a la cabeza y gritó con fuerza, lamentándose de la decisión del alguacil.

Toda su carrera había acabado, en un punto final agónico del cual jamás volvería a resurgir. Las fotografías mentales del experimento se sucedían en su cabeza y destrozado se arrodilló en el suelo, queriendo morir.

Cerca de el, el cuerpo de Milton Hoss, se retorcía entre espasmos, casi inerte. La vida se le había acabado, pero sus huesos aun respondían a los impulsos del leve hilo de vida que aun le quedaba al perro. Instantes despues, ambos perdieron la vida definitivamente.

McFadden
había impuesto la ley una vez más. Cogió del brazo al aturdido doctor y le condujo montaña abajo con decisión.

El sol salía y los primeros halcones de la mañana, los más valientes, ya imperaban el cielo.

EPÍLOGO

Viernes, 25 de Enero. Noticias de las 9, con Brandon Johnson.

“Las negociaciones entre el gobierno y los líderes de la guerrila no han sido fructiferas. El ministro de exteriores ha manifestado que ha hecho todo lo que estaba en su mano para negociar la liberación de los rehenes americanos, en manos del grupo terrorista “Senda de Luz”.
Las peticiones excesivas de los emisarios han dado pie a que el gobierno americano opte por tomar medidas drásticas.

No se descarta la intervención militar en la zona. Según fuentes del ministerio, se baraja la posibilidad de enviar a fuerzas de élite en misión de rescate. El gabinete ha negado esa opción, pero tenemos unas palabras del responsable de investigación militar del servicio de inteligencia, el doctor Adam Brailovsky, en las que manifiesta que en el caso de el envío de tropas délite, la posibilidad de éxito es de un cien por cien.”

Eran ya las doce de la noche. En el laboratorio no quedaba nadie, solo los guardias que vigilaban las puertas. En la habitación blindada, un hombre se recuperaba de una operación. A su lado, cientos de camas, con cientos de hombres en estado convaleciente. En el despacho que había en la planta cuatro, las letras de la puerta enunciaban el nombre del científico: “Adam Brailovsky”.

En el escritorio, una carpeta con una nota pegada. En ella se podía leer: “Prescindir del sujeto A”.

La cabaña (IX)

labo.jpgSeis meses antes antes.

Un joven ataviado con una bata blanca y un portafolios se acercó al mostrador de la recepción del hospital. No estaba acostumbrado a trabajar para militares y mucho menos para el gobierno, pero era una forma estupenda de labrarse una carrera en la investigación.

– Perdone, estoy buscando al doctor Brailovsky. Creo que me espera.
– Si, únase a esos otros señores, enseguida les conducirán hasta el laboratorio.

En la sala de espera, unos diez hombres en bata blanca, aguardaban la llamada que no tardó en realizarse. Un soldado uniformado les instó a seguirle atravesando varias puertas, en las que el soldado se identificaba en un scaner de retina por cada una de ellas. Los pasillos estaban atestados de soldados armados en posición de guardia.

Llegaron a una especie de aula que hacía las veces de laboratorio y allí les recibió un hombre alto, con barba que sujetaba a un perro lebrero por una correa de cuero.

– Buenos días, soy el doctor Brailovsky. He leído todos sus informes y son ustedes aptos para formar parte del equipo de investigación. Empezaré por ponerles un poco al corriente de todo.

Se acercó a una pizarra blanca y esgrimiendo un rotulador empezó a garabatear unos esquemas.

– Les habrán puesto al corriente de lo importante que es la confidencialidad del proyecto, estoy seguro de su lealtad, pero me veía en la obligación de recordarselo. En este esquema bastante simple les resumo la intención del experimento. Se trata de un proyecto de soldado de élite. Nuestro gobierno destina cada año 4.000 millones de dólares al ejercito, de los cuales un 80 por ciento va a parar a las tropas que intervienen en los diversos países en los que nuestros soldados estan presentes. Por cada hombre, el gobierno pierde demasiado dinero. Nuestro proyecto se encarga de investigar una solución que a largo plazo nos ahorre muchos millones. Conocen la biomecánica casi mejor que yo, por eso han sido seleccionados.

Señaló el esquema acomodando sus gafas.

– Como pueden ver aquí, se trata de de hacer realidad el sueño del hombre biónico. Ven ustedes las tele, señores?

Unas sonrisas apagadas llenaron la sala, y el ambiente se distendió un poco.

– Bien. Para que esto se lleve a cabo, hemos contado con la inestimable colaboración de uno de nuestros soldados. Le hemos intervenido quirúrjicamente y le hemos sustituído diversas piezas óseas por otras de titanio, pero vengan, vengan, síganme.

Los diez cientificos siguieron al doctor como si de un mesías se tratase, expectantes y curiosos.

Entraron a otra sala contigua, previa indetificación de retina del soldado de guardia. En la habitación había una ventana que daba a un cuarto con una cama, donde descansaba un hombre, asistido por una máquina que le controlaba.

– No hubo rechazo y el sujeto se recupera favorablemente. Aquí les facilito varios datos sobre el procedimiento.

Repartío varias carpetas entre los asistentes y prosiguió con su charla.

Encendió un aparato de televisión que había en la sala y cargó un disco cd en ella.

– En este momento el sujeto no puede hacernos ninguna demostración, pero aquí les enseño que es lo que pasó en la sala blindada. Le sometimos a pruebas para comprobar su efectividad en la batalla y este fue el resultado.

Pulsó un mando a distancia, y en la pantalla, unos planos de la sala blindada conmocionaron a los presentes, que emitieron comentarios de asombro.
En el monitor, podían verse varios destrozos, cientos de agujeros de bala en las paredes y varias láminas de acero dobladas en el suelo.

– El resultado es favorable, como pueden observar, pero debo decirles que el aspecto del sujeto varía considerablemente en el que llamamos “estado límite”.

Un joven con gafas y el pelo engominado, tomaba notas sobre las palabras del doctor. Subiendose las gafas que le resbalaban de la cara sudorosa, le preguntó:

– Ese estado límite…en que consiste, doctor?
– Le llamamos así porque es cuando el sujeto se halla en su estado más agresivo.
– Puede ser más concreto, doctor? Cómo varía su aspecto exactamente?

El doctor abrió una carpeta y de ella sacó un par de fotos. Las arrojó en la mesa dejándolas a la vista de los asistentes.

– Este es el aspecto del sujeto en primera línea de batalla.

Otra vez los murmullos
y los comentarios de asombro. En la imagen se podía ver a un extraño ser de unos tres metros, horrible, inspirado en el mismo satanás.

– Cómo controlamos al sujeto, doctor?- el joven de las gafas sintió un escalofrío e imaginó a esa bestia descontrolada.

– Todo su esquema óseo está paralelamente vinculado al de otro sujeto por medio de impulsos eléctricos, siendo necesario que ambos esten alejados a una distancia de no menos de diez metros. Si esto no se diese así, el sujeto b, que es nuestro paciente, quedaría eventualmente inutilizado, mientras se encuentre dentro de ese perímetro. Si el sujeto a resultase eliminado, el sujeto b quedaría inútil para siempre, perdiendo incluso la vida. De esta forma los altos mandos se garantizan el control absoluto de los soldados de élite.

– Y quien es el sujeto a, doctor?

El cientifico se agachó y extendió la mano para acariciar el hocico del perro.

– Esa información, caballeros, de momento no les será revelada. Aquí termina la charla de hoy. Les espero mañana.


Semanas después,
Milton Hoss, una vez recuperado, mostró sus habilidades como soldado y escapó del hospital llevándose una maletín con retroactivos. El alto mando militar amonestó al doctor Brailovsky y le impuso como ultimatum la destrucción del sujeto a para garantizar la seguridad del proyecto y de la población. El científico se negó a revelar el orígen del sujeto a y pidió una prórroga antes de la cancelación del proyecto. Solicitó que el ejército tratase de encontrar a Hoss pero que al mismo tiempo le diesen unos meses para hacerlo él mismo.
Su petición fue aceptada y con ayuda de sus notas, supo donde podía estar el soldado desaparecido.

La cabaña (VIII)

caminante.jpgEl hombre barbudo apenas durmió. Afuera ya era de noche y solo la luz de la luna imperaba ahora en el cielo, iluminando la cabaña de la cima de la montaña. El perro estaba tranquilo y eso era buena señal, pero cualquier cosa podía fallar.

Se levantó del camastro improvisado y abrió la mochila de tela que había arrastrado montaña arriba. De ella sacó un ordenador portátil y le instaló una batería, para después conectarlo.

Su amigo se había acercado hasta el para olisquear.

– Bueno, bueno, chico. Te veo tranquilo, de verdad no notas nada?

Tecleó un login y accedió a sus archivos. Comprobó si había disponible alguna conexión de red, pero se hallaba demasiado lejos de la civilización, incluso de los satélites. Cerró el aparato y lo guardó de nuevo en la bolsa. Cogió el rifle y dió dos palmadas amistosas en la cabeza del animal.

– Vamos, salgamos fuera.

El frío del exterior era intenso, pero el aire estaba limpio de niebla. Ventajas de las alturas.

Entonces, el lebrero dió un respingo y estiró el rabo. Comenzó a ladrar hacia una sombra lejana, cada vez con más fiereza.

– Je. Lo sabía, está por aquí, verdad?

Cogió el rifle con las dos manos y apuntó en dirección a los ladridos. Se oyó un silbido cada vez más cercano y entonces apareció la presa.

Como un flash fotográfico, Milton Hoss, convertido en bestia hizo acto de presencia. El lebrero ladraba casi sin aliento, guardando la distancia, pero en posición de ataque.

– Podías haberme dejado fuera de combate sin haberme dado cuenta.
– Sabes que no puedo hacer eso. Soy un monstruo, pero aun se lo que me conviene. Y no creas que no deseo con todas mis fuerzas dividirte en dos pedazos verticales.

El caminante barbudo acarició al perro para tranquilizarlo y le ordenó sentarse.

– Debes volver al laboratorio. Estas haciendo demasiado ruído y me ha costado mucho encontrarte antes que ellos.

A lo lejos, un hombre permanecía detrás de los árboles. Ese día no había probado el alcohol y decidió seguir al forastero hasta la cima. Actuó con prudencia, siguiéndole de lejos para que ni siquiera el perro pudiese notar su presencia. El alguacil observaba al hombre y a la bestia. Parecía increíble que aun no hubiese sangre bañando la noche. Siguió observando.

– Me has encontrado gracias al perro?
– Sabes que si. Solo él puede mantenerte lejos en un radio prudente. Quieres que te diga porque o ya has sacado tus propias conclusiones? Recononzco que nuestra charla sobre tu infancia me ayudó bastante a recordar este sitio.

La bestia ya no sentía dolor.

– Oí como leías tu informe a los generales, Brailovsky. Hacerlo al lado de la cama del hospital no fue casualidad, verdad?
– He venido a sugerirte que vengas conmigo. La gente del pueblo cree que voy a acabar contigo. Me ha costado relativamente poco montar esta pantomima, pero creo que no estan muy convencidos. Ese alguacil es más listo de lo que parece.

Milton Hoss gritó al cielo con furia y miró al caminante con el odio más profundo que sus ojos podían interpretar. Lanzó un manotazo contra uno de los pinos derribándolo como si fuese una pluma.

– Me habeis fabricado para sembrar el pánico. Mi condición es la de destruír todo lo que haya a mi paso y es lo que pienso hacer. No es eso lo que quiere el ejercito de mi país?
– Un disparo en la cabeza de este chucho bastaría para dejarte en estado vegetativo. No tienes opción, si el muere, estas perdido.

El hombre apuntó a su amigo canino con el rifle y cargó el arma a punto para disparar.

McFadden seguía oculto detrás de los áboles. Había oído parte de la conversación y apenas había entendido gran cosa. Solo la última frase del forastero se le grabó en el cerebro, dándole algo de esperanza.
Se sentía muerto desde hacía mucho y no tenía nada que perder. Se aseguró de que el rifle estaba cargado y apuntó al animal. La distancia era relativamente corta, pero no le garantizaba un blanco perfecto. Su puntería fue un añadido para promocionar y sustituír al viejo alguacil Barrow, pero nunca se había sentido así. Nervioso, consciente de que esa era su última y única oportunidad de imponer la ley.

– Deberías confiar en mí, Hoss. Vuelve al hospital, te proporcionaré retroactivos, llevarás una vida normal, el gobierno ha destinado muchos millones a este experimento y yo soy el responsable. Si amas a tu país, vuelve conmigo.

– Amar a mi país? Llevo toda mi vida amando a mi país y el me lo paga dándome dolor y sufrimiento. Realmente es así el amor?

Brailovsky sacó una pequeña ampolla inyectable de su bolsillo y se la mostró al soldado.

– Ten, esta es tu solución. Ya tendremos tiempo de charlar sobre romanticismo más adelante.

El horrible monstruo en el que se había convertido Hoss reflexionó unos segundos. Lo que le quedaba de humano quería volver a ser de nuevo un oficial condecorado y una persona normal. Miró la mano de Brailovsky y vió un rayo de esperanza dentro de su puño. Asintió levemente con la cabeza y extendió el brazo derecho.

– Es lo mejor que puedes hacer, Hoss.

Pinchó una jeringuilla
en el frasco y la llenó de un líquido verdoso. Se acercó al gigante, sin perder de vista al perro que aun permanecía sentado. Ese animal era su salvación, su escudo y al mismo tiempo la clave de su experimento. Aquel que le había llevado a diseñar el arma más mortífera después de la bomba atómica.

Justo en ese momento sonó un disparo y el perro emitió un doloroso alarido.

La cabaña (VII)

dolor.jpgHabían pasado varios meses desde que Milton Hoss se sometió al experimento. Desde entonces, su vida se había convertido en la de un fugitivo. El servicio de inteligencia le buscaba y no podía quedarse mucho tiempo en el mismo sitio. Le dolía todo el cuerpo y sus dósis de retroreactivo se estaban acabando. Cualquier cosa podía pasar.

Tenía las manos manchadas de mucha sangre, de la sangre de los soldados que vigilaban su habitación en el hospital militar, de donde se había escapado.

Había dejado atrás todo y se sentía traicionado por aquellos en los que siempre había creído. Aquel experimento no era una prueba rutinaria, por eso había sido seleccionado de entre todos los voluntarios para ser sometido a una intervención quirúrjica. Sentía que sus extemidades pesaban mucho y que su fuerza se había multiplicado por cien. Estaba cambiando, mutando poco a poco y la incertidumbre le provocaba una ansiedad aterradora.

Solo había un sitio en el que nadie le encontraría.

Recordó su infancia en el pueblo y aquella cabaña que estaba en la cima de la montaña, subiendo a través del pequeño bosque. Sin duda, ese era el lugar al que tenía que ir.

Pero no huía de los militares, ni siquiera de él mismo. Escapaba de su bestia negra. De su némesis.

De aquel hombre que estuvo a su lado en el experimento. Huía de él, pero le esperaba, porque solo él podía saberlo todo.

Recordaba y sentía miedo. En las pruebas posteriores a su convalecencia, se convirtió en su guardián. Mientras estaba consciente, siempre estaba ahí, a su lado, con su bata blanca y su libreta. Y lo que era más aterrador, con aquel maldito perro.

Cogió su maleta y palpó en ella para asegurarse de que no se olvidaba su estuche de cuero. Apuró el trago y salió a la calle. Inspiró un poco de aire y siguió su marcha. No estaba muy lejos de su destino.

Caminó varias millas, de noche, hasta que amaneció. Pudo ver a lo lejos la montaña y pensó en bordear el pueblo, no le apetecía nada explicarle a nadie, ni siquiera a su familia. Le dolía la espalda.

Horas después casi había llegado a la cima. El sol se mostraba cruel y el cielo estaba dominado por los halcónes. Esbozo una sonrisa, mientras recordaba su niñez y como subían hasta allí él y sus hermanos para contar todas las aves del cielo.

La cabaña seguía ahí, reparada, vieja, pero limpia. Al parecer la saga de los Callaghan continuaba adecentándola para los turistas. Eso le recordó que no era época de visitas y que tendría algo de paz.

Rompió el cristal de una de las ventanas y se coló al interior. No encendió el fuego de la chimenea para no alertar a los vecinos, aunque sentía frío. Sacó su jeringuilla pistola, y comprobó que no le quedaban más frascos, aquel era el último.

Pasó el resto del día buscando algo que comer, maldiciendo a los halcones por no tener ni un conejo que cazar. Pero el hambre era lo menos importante.

El espejo le mostraba unas facciones más endurecidas y la ropa se le rasgaba por las costuras poco a poco. Se estaba convirtiendo en algo extraño. Desnudo, comprobó que el dolor de su espalda no se debía a la pesada carga, si no a dos extraños bultos a la altura de los dorsales. El dolor era cada vez más insoportable.

El miedo se apoderaba de el y rezó durante toda la tarde.

Al caer la noche, el hombre que había subido a la cabaña no podía soportarlo más. En cuestión de un par de horas, sus brazos había crecido y sus huesos se habían estirado proporcionándole un terrible dolor. Casi no podía andar. Decidido, buscó una cuerda resistente y con ella se hizo una soga. No sabía que le estaba pasando, pero quería acabar con aquello de inmediato y justo en el momento de colgar la soga en la viga de madera del techo, sintió el peor dolor cuando de su espalda brotaron de repente dos alas metálicas, rasgándole la carne. Su grito le rajó la garganta por dentro haciendole emanar un hilo de sangre de su boca.

Todo era dolor y más dolor, solo dolor.

Salió de la cabaña y corrió intentando paliar en algo aquel sufrimiento hasta que, horas más tarde, remitió ligeramente.

Miró sus manos enormes y corrió al espejo. Ya no era el, sino el mismísimo demonio. El experimento había sido un éxito.

A la mañana siguiente, aun permanecía de pie frente al espejo, el tiempo se había parado y se sentía fiero, feroz, tenía unas ganas terribles de destrozar todo a su alrededor. Ahora era un soldado de élite, listo para ganar cualquier guerra. Listo para servir al ejército de los Estados Unidos.

Oyó un ruido afuera. Un joven se acercaba a la cabaña.

La cabaña (VI)

dog.jpgEl Alguacil McFadden era de los pocos que quedaban en el pueblo. Allí enterró a su hijo y a su esposa y allí sería enterrado el. Hacía algunos meses que no sonreía. Cada día para el era el último y ya no esperaba nada de nadie.

Todo estaba en calma tensa y no había vuelto a morir nadie desde la noche en la que el Diablo le miró a los ojos muy de cerca.

Miró al desgarbado personaje que acababa de entrar a la oficina durante un par de segundos y continuó su labor de papeleo e informes para presentar en la Reserva Federal de Dallas.

– Si viene en busca de alguna notícia pierde el tiempo amigo. Todo lo que necesite saber puede leerlo en esos panfletos que suelen ustedes publicar. Será mejor que coja a ese chucho y se largue.

El hombre barbudo se rascó una ceja.

– No se preocupe por Áyax, no suele cagar en los suelos encerados. Parece que no hay mucha actividad por aquí, no?

McFadden volvió a mirar al hombre sabiendo con un solo vistazo que era un tipo inofensivo.

– Está buscando algo en concreto? Aquí no nos gustan los graciosos.
– Mire, alguacil, no tenemos mucho más tiempo. Llevo varios días caminando por la intercomarcal pisando erizos, créame que no tengo ánimos de hacer chistes. Usted tiene un problema, su pueblo lo tiene, y si no lo evitamos, quizá todo el jodido planeta tendrá un problema.

El viejo policía miró con interés al caminante y se acercó a este en actitud amenazante.

– Escúcheme, capullo!! No se que le han contado ni que pretende, pero tengo las pelotas hinchadas y una pistola en el cinto, le doy cinco segundos para que salga de aquí y vuelva a donde carajo haya salido.

El hombre no se inquietó y manteniendo la calma con la que había entrado por la puerta intentó apaciguarle.

– Tranquilicese, McFadden – miró la placa encima de la mesa – su problema mide tres metros y posee la crueldad de cienmil sanguinarios psicópatas. Yo he venido a acabar con el.

La mano tensa del alguacil se apartó lentamente del arma que yacía en su cintura y sus ojos se fijaron en los del hombre misterioso. Varios segundos después suspiró y cogió su botella preferida.

– ¿Trata de decirme que es a usted a quien espera esa bestia?, ¿se ha mirado al espejo?. No se si reír o llorar por la humanidad. Dígame quien es usted, y quien es el.

– Va a beberse esa botella usted solo, alguacil? Quien yo sea no importa, solo necesito provisiones y la llave de esa cabaña de la cima de la montaña. No se preocupe por nada más. Yo evitaré que pase nada.
– Aun no me ha dicho que quiere a cambio.
– Lo sabrá cuando todo acabe.

Se acercó a la ventana de su despacho y perdió la vista en ninguna parte.

– Mire, amigo. Hace meses que ya no me pregunto nada. No se que es real o que es imaginario. Ni siquiera me interesa de donde ha salido ese monstruo. Le daré las jodidas llaves y las provisiones. Y que Dios se apiade de su alma.

– Dios nunca ha dejado de hacerlo. Saldré por la mañana, le importa que duerma por aquí? No tengo dinero y además, creo que el hotel del pueblo está cerrado.

McFadden rezó en silencio pero no pudo calmar su espíritu. Aquel extraño era un loco que sucumbiría en manos del demonio de alas metálicas. Sus almas estaban condenadas.

La cabaña (V)

militar.jpg

Milton Hoss se consideraba un patriota americano desde que tuvo uso de razón. Nació y creció en un pequeño pueblo cercano a Dallas, donde la vida pasaba a cámara lenta y las pretensiones de futuro se reducían a un futuro en el campo.

Su afición a las revistas bélicas y a las grandes batallas eran su vía de escape para sobrellevar el tedio. Era el mayor de tres hermanos y su condición le dotó de un sentido de la responsabilidad elevado, acorde con los ideales de su familia, de procedencia escocesa.
No tardó mucho en descubrir su destino, cuando el oficial de reclutamiento se alojó un par de días en el pueblo para buscar hombres que diesen la vida por los Estados Unidos.

Ser soldado era su gran futuro y lo que siempre había soñado.

Ingresó en la academia militar de Oak Ridge, en Tennessee como cadete y promocionó hasta convertirse en un oficial cono honores. Aunque eso no le libró a la posibilidad de ir al frente en primera línea, no obstante era su deseo.

Estuvo presente en Irak y en Kosovo, donde perteneció a un comando de élite en ayuda humanitaria.
Participó en la misión de asalto en Panamá y fue condecorado.

Pero su lacra era su constante incapacidad por promocionar aun más. Su talento militar se limitaba a la lucha a pie de campo, pero nunca pasó las pruebas de examen para ascender de rango. Y aun así quería darlo todo por su país.

El ejercito solía pedir voluntarios para pequeños experimentos de exposición a agentes bacteriológicos de carácter inofensivo y aunque no lo hacía entre los oficiales, Milton siempre estaba dispuesto a colaborar en todo aquello que hiciese falta, el dinero no le venía mal, pues su afición al alcohol y a las prostitutas se llevaba gran parte de su sueldo. Pero aunque su vida diaria fuese un verdadero desorden, siempre había lugar para la disciplina militar.

En el hotel que había en la salida 40 dirección a Knoxville, un hombre contaba tres billetes de cien sobre la mano de una joven prostituta.

– Es lo acordado, no? Ahora lárgate y cierra la puerta al salir.

La muchacha no se entretuvo y salió por la puerta contoneando las caderas como una deformación profesional. El hombre encendió un cigarrillo y puso dos piezas de hielo en un vaso. Se sirvió un Bourbon y sacó de su maleta un estuche de cuero.

En el había una pistola jeringa Roux de latón cromado y varias agujas, junto a unos frascos que contenían un líquido amarillo. Cargó la pistola con uno de ellos y se punzó en el hombro. Contó los frascos restantes y mesó sus cabellos hacia atras dando un sorbo del vaso con hielo.

– Necesito algunas más de estas.

Apagó la luz e intentó dormir.

La cabaña (IV)

hand.jpgLa misma noche en la que Moran murió destripado, veinte hombres armados se preparaban para salir en busca de la bestia de la que hablaba el viejo Breeder. Quien fuese el que hubiese destripado a Moran, no podía ser humano, y el alguacil estaba dispuesto a ir a por todas.

McFadden era un hombre rudo, valiente y a pesar de su edad, presumía de una fuerza envidiable. Pero esa noche muy adentro suyo sintió miedo por primera vez.

Los vehículos estaban preparados, los rifles cargados y las familias resguardadas en la iglesia.

De repente, alguien gritó. Era Carlson, empleado de la refinería. Un hombre enorme, que ante lo que vió no pudo hacer otra cosa más que gritar de pánico. Estaba justo a escasos metros de la patrulla y todos dirigieron la vista hacia el chico, que señalaba aterrado hacia el tejado del ayuntamiento.

Allí, erguido y con los brazos cruzados había un horrible hombre con alas de acero. Medía unos tres metros y sonreía con la expresión más repugnante que cualquiera de los hombres hubiese visto jamás.

– Baje de ahí con los brazos en alto o le volaré la cabeza!!

La orden del alguacil fue ignorada.

Todos los rifles dipararon al unísono en una tormenta de fuego, pero la figura había desaparecido. Continuaron disparando hasta que McFadden dió la orden de alto el fuego. Un silencio terrorífico, incómodo se mantuvo en la noche durante unos dos minutos.

Una enorme mano salió de la oscuridad y golpeó a uno de los hombres arrancádole la cabeza de cuajo y desplazando su cuerpo unos veinte metros. Nadie supo hasta horas depués de quien se trataba. Esa vez nadie tuvo fuerzas para disparar.

Ahí, enmedio de los veinte hombres, que ya eran diecinueve, la bestia permanecía de pie, desafiante. El terror evitó que cualquiera de ellos pudiese ni siquiera emitir un leve suspiro, los rifles parecían haberse congelado. McFadden sintió aun más miedo y deseó poder morir en ese instante, si eso le evitaba la presencia de aquella aberración.

El engendro se acercó y agachó la cabeza hasta ponerla frente a la del alguacil. A escasos centímetros, podía oler su aliento podrido y sentir el dolor que reflejaba el acero de sus ojos. Emitía una energía punzante, casi eléctrica. Durante el escaso minuto que duró aquella agonía, el hombre notó su ritmo cardíaco con una aceleración que le tuvo al borde del desmayo. Acababa de ver como aquella bestia decapitaba a un hombre justo a su lado y pensó en su propia cabeza separada de su cuerpo.
Extrañamente, aquella especie de endriago, sin dejar de apuñalar con su mirada, sentenció unas palabras frías. Su voz era un vertedero de cadáveres.

– Cuando aparezca, decídle que estaré en la montaña. Nada podrá salvaros.

Sin apartar la mirada de McFadden, alargó un brazo hacia atrás y cogió por la cabeza al menor de los Callaghan, que estaba justo detrá suyo, apretándo su cráneo con los dedos. El joven bramó de pánico e intentó, sin exito, zafarse de aquella enorme garra.

– No lo olvides.

Y cerró la mano completamente aplastándo la cabeza del chico y convirtiendola en una viscosa baba de materia gris. Los ojos les resbalaban entre los dedos.

Lanzó el cuerpo contra una pared y se adentró, caminando hacia el bosque.

Nadie dijo nada, nadie hizo nada. Pasaron aun unos minutos antes de que el mayor de los Callaghan se arrodillase ante los restos postrados de su hermano. El valeroso alguacil, bañado en sudor y pánico, apenas pudo sostenerse en pie víctima del vértigo.

– Volvamos a la iglesia.- consiguió balbucear.

No hubo nadie que pudiese dormir aquella noche.

Dos días después, de los dieciocho hombres que sobrevivieron esa noche, dos quedaron en estado catatónico. Arthur Phoebes se ahorcó en el granero, dejándo una breve nota a sus pies: “No puedo vivir más, prefiero quitarme la vida a volver a verlo de nuevo”.

El pueblo se sumió en una depresión profunda y sus habitantes permanecieron en la iglesia durante semanas.

McFadden había dado parte de los hechos a la central de policía de Dallas, pero nadie creyó sus palabras, argumentando que los fondos destinados a la seguridad no podían ser malgastados en fantasías. De los cuatro muertos, nadie habló más.

Algunos periodistas voraces se acercaron al pueblo durante las semanas siguientes en busca de un titular, pero solían ser redactores de revistas paranormales, por lo que la notícia no tuvo credibilidad y las esperanzas de los habitantes del pueblo se esfumaban.

Poco a poco, el interés se iba diluyendo y en el pueblo casi no quedaba nadie. Cientos de personas habían hecho las maletas para alejarse de aquella pesadilla y solo los más arraigados se quedarón para dar la vida por sus tierras. Se había convertido en un pueblo fantasma.

Un lunes cercano al invierno, alguien entró en la oficina del alguacil. Iba acompañado de un perro lebrero. Tenía la piel seca y castigada por el sol. Vestía unas ropas sucias y un sombrero adornaba su cabeza al mismo tiempo que cubría su piojosa melena.

– Hola, alguacil. Creo que me estaban esperando.

La cabaña (III)

bosque5rh1.jpgEl viejo caminaba por el sembrado despacio, tranquilo. Pensaba volarle la cabeza al animal y volver a casa. Su momento preferído solía ser al anochecer, con los pies en remojo delante del televisor hasta quedarse dormido. Ya no eran tiempos de andar gastando energías en el campo, como había hecho durante toda su vida.

El sol aun no se había puesto y pensó que tendría tiempo de apaciguar el espíritu de ese perro herido, al que había oído lamentarse.

Caminó hacia el bosquecillo de árboles al lado de la montaña, guiado por el grito desgarrador y se adentró un poco más hasta que detuvo sus pasos ante una extraña figura que se dibujaba a unos trecientos metros bosque adentro. Comprobó que aquel alarido no provenía de ningún animal, si no de una persona, por lo que parecía, pues se erguía sobre dos piernas.

Fijó su vista de anciano y osó acercarse un poco más. En ese momento, su sangre parecío haberse detenido. Sus piernas flaquearon y apenas pudo esgrimir el rifle, que cayó al suelo.

Aquella figura era algo similar a un hombre. Gritaba de dolor, un grito ensordecedor, cada vez más fuerte.

Sus brazos eran enormes y musculados, el pecho amplio y fibrado. La cara reflejaba una agonía sobrecogedora, elevada al cielo, colmada de dolor. Tenía un puño apretado fuertemente, conteniendo tripas y visceras, que emanaban un reguero de sangre viscosa. En la otra mano sostenía el cuerpo inerte de un lobo destripado, asiéndolo por el cuello.
De su espalda brotaban una especie de alas metálicas, como lanzas clavadas en el dorso.

A pesar de su aparente dolor parecía estar esbozando una sonrisa.

Detuvo el grito y bajó la cabeza, clavándolo sus ojos en los del anciano. Su mirada era increíblemente terrorífica, la mirada del mismo Diablo, los ojos negros en contraste con el blanco, las cuencas oscuras, sombrías. Sostuvo el gesto, con la sonrisa como una cuchilla, y el anciano escapó presa del pánico, sacando fuerzas de flaqueza para poder correr como jamás corrió cuando aun era joven.

Consiguió llegar al porche de su casa, sin mirar atrás y cerró la puerta con todos los cerrojos. Se arrodilló delante de la chimenea envuelto en meados, con la ropa completamente mojada y delirando frases que salían solas de su boca.

Horas más tarde perdió el conocimiento después de vaciar la botella de ginebra que guardaba en la alacena y que conservaba desde hacía muchos años, tantos como la última vez que probó el alcohol.

Durante los días posteriores, procuró no estar sobrio para no recordar esa noche, para no sufrir el pánico que, aun borracho, le hacía llorar.

La cabaña (II)

Hacía ya una semana que los muchachos de Frankie Callaghan habían encontrado el cadáver del joven vástago de los Murray.

Al parecer, andaban emborrachándose cerca del pozo, en los límites del pueblo. Cada semana solían echarlos de la cantina por organizar peleas y acababan sus juergas conduciendo y bebiendo cerca del camino que subía a la montaña.
Según contó el mayor de ellos, mientras conducía, pensó que había atropellado a un zorro o algo parecido, y que, cuando fue a comprobar los daños del parachoques, encontró un brazo aplastado, pegado a la rueda delantera.

Asustados, siguieron el rastro de la sangre hasta encontrar el cuerpo despedazado del chico de los Murray, al que reconocieron por su peculiar cabello rojizo, que aun se podía entrever de su cabeza decapitada y bañada en sangre. Según McFadden, en su vida de alguacil, jamás había visto a dos hombres tan recios contar una historia temblorosos como gallinas.

El forense había viajado desde Dallas durante aquella noche para intentar averiguar la causa de la muerte. Su informe fue inconcluyente, pero destacó los aspectos más importantes: el cuerpo había sido descuartizado, despellejado y le habían sido sustraídos varios órganos. Descartó la posibilidad de que fuese un animal salvaje, debido a que las partes más abundantes en carne no fueron devoradas, como hubiese hecho un lobo, o quizá un coyote.

Billy Joe Murray había partido, como cada otoño, a echar un vistazo a la cabaña de la cumbre, para limpiar los excrementos de las alimañas y adecentarla un poco para la visita de los turistas. Esa fue la última vez que su madre supo de el.

Un par de días después, los lugareños ya habían hilvanado cientos de hipótesis e historias a cual más descabellada. Pero hubo un testimonio revelador, que fue aun más inquietante. El del viejo Breeder, un irlandés de principios y que, a pesar de su condición, jamás bebió un solo trago.

Le contó al alguacil que dos semanas antes del terrible suceso, se encontraba engrasando las bisagras de su granero, al pie de la montaña, cuando oyó unas voces lejanas, más bien lamentos desgarradores, que atribuyó a algún perro herido. Encerró a los bueyes y cogió su rifle para ir a echar un vistazo. Pensó en matar al pobre animal para paliar su sufrimiento, pero lo que vió le dejó el corazón helado.

Escondido tras los árboles, pudo verlo casi todo gracias a que aun no había anochecido completamente.
Desde entonces, el anciano se volcó en la bebida y dormía en la calle musitando frases ininteligibles.

Después del entierro de Murray, McFadden le reprochó no haber contado esa historia antes de que pudiese pasar algo como lo que ya había pasado. Pero, ¿quien iba a creerle?

La vigilancia se intensificó durante la semana siguiente. Los granjeros montaban guardia en patrullas y la cantina había cerrado. Todos necesitaban estar en las mejores condiciones para hacer frente a la amenaza. Se habían pedido refuerzos a las autoridades de Dallas, pero aun tardarían en llegar.

Los caminos fueron iluminados con improvisadas antorchas. Las mujeres y los niños permanecían encerrados en casa y todo hombre valeroso aguardaba para el relevo periódico.

Todo permanecía tranquilo, con un sosiego postizo, cargado de tensión, hasta que el sonido atronador de un disparo lejano conmocionó al retén de guardia.

McFadden convocó a cuatro hombres y todos subieron al Jeep, dirigiéndose hacia el eco de la detonación.

A unos quinientos metros vieron al joven Bobby Moran que se acercaba a ellos, caminando renqueante, sosteniendo una antorcha y visiblemente alterado.

Su semblante era el de un hombre que hubiese visto el terror en todas sus formas y apenas atinó a completar una frase. Tenía todo el cuerpo inundado de sangre.

– Cálmate, Bobby. Dinos que has visto.

Poco pudo decir, pues cayó de bruces, derramando sus intestinos a través de un enorme corte en el vientre. Al caer, sus entrañas sonaron igual que un charco de barro al pisarlo.

El alguacil ordenó que alguien recogiese al malogrado Moran y oteó a lo lejos, sin ver nada, solo noche, solo oscuridad. Un grito doloroso, se oyó detrás de los árboles al pie de la montaña.

La cabaña (I)

caba2.jpg A medida que subía la montaña el aire era cada vez más dificil de respirar. Cerca de él, un desgarbado perro que, después de horas caminando cuesta arriba, aun volvía sus pasos hacia atrás de vez en cuando, en lo que parecía un gesto de sorna hacia el fatigado aventurero.

 

– Creo que Dios no equilibró bien entre fortaleza e inteligencia con los de tu condición, amigo.

Escupió a un lado, arrugando los párpados a un sol desafiante. El animal seguía olisqueando los riscos sin buscar nada, solo obedeciendo al instinto.

El hombre detuvo sus pasos para beber un trago de agua de una pútrida cantimplora metálica. El aire le quemaba en los pulmones y el sudor se transformó de húmedo destello a viscoso manantial.

 
El horizonte evidenciaba un paisaje precioso, que se había convertido en un óleo bidimensional, debido a la altura. Los halcones dominaban el cielo, presagiando un perfecto y soleado día de cortejo.

Transcurrieron dos horas más de ruta hasta que los cansados ojos del hombre avistaron por fín la cabaña construída cruelmente en la cumbre. El hocicudo lebrero corrió hacia ella en pos de un trago de merecida agua.

Todo se erigía en un decorado apacible, sereno. Dos abruptos robles flanqueaban la casa pintandolo todo con su sombra, dibujando tétricos rincones oscuros, esbozos lúgubres que inquietarían incluso al maligno. No había pájaros, ni insectos, los halcones se habían adueñado del cielo y hasta los zorros merodeaban en el llano, huyendo cobardemente de las aves imperiales.

El rudo caminante llegó al porche a paso lento y se derrumbó en la silla de madera agradeciendo al cielo poder levantar los pies del suelo y desprenderse de las raídas botas que hacían supurar las llagas de sus talones, no sin antes apoyar el rifle en la pared, donde permaneció firme y enhiesto, en amenazante vigilia, esperando ser asido y usado.

El perro olisqueó los malolientes y macilentos pies del hombre barbudo y recibió un ligero manotazo.

– Aparta, repugnante cucaracha! Vete a mear troncos. Y luego vuelves, tenemos trabajo que hacer.

Una vez saciada su sed de agua, era el momento del trago fuerte y liberó de su bolsillo una brilllante petaca cromada, que acercó a sus labios ofreciendo el hervor del whisky a sus entrañas.

Miró su reloj de bolsillo, de los que ya nadie usaba y echó un vistazo al cielo, donde aun brillaba desafiante el sol.

– Creo que tenemos tiempo de echarnos un rato, amigo. Tenemos muchas balas que gastar esta noche.

El can pareció entender el mensaje y acomodó el lomo al lado de la silla, girando tres veces sobre sí mismo hasta recostarse en el cálido suelo de madera.

Al caer la noche, las lechuzas tomaron el relevo de los halcones, que descansaban en sus templos de rama, en las peñas más altas. El cielo continuaba estando vigilado, pero en la tierra todo podía pasar esa noche.