La espera.

zito.jpg Érase una vez un señor loco.

Eso decía la gente, aunque ni era señor ni estaba loco, pero a todos les llamaba la atención su conducta. Siempre sonreía, pero su pañuelo estaba siempre mojado. Un precioso clavel ornaba siempre su solapa.

Cada día por la mañana caminaba desde su casa hasta la parada del autobus. Iba impecable, cada día con un traje diferente, uno para cada dia de la semana.

Se sentaba en el banco de la parada, abría el periódico y lo ojeaba.

Hasta un máximo de 5 autobuses, cada vez que paraban, se miraba su reloj, su impecable reloj de baratillo y doblaba el diario con mucho cuidado. Lo colocaba debajo de su axila y caminaba en dirección a la colina.

Cuando llegaba al borde del precipicio, oteaba el horizonte henchido de orgullo, sonreía a los pájaros y feliz se lanzaba al vacío.

Su cuerpo rebotaba una y otra vez contra las piedras.

Finalmente su cuerpo yacía convertido en un despojo sanguinolento, pero un hilo de vida afloraba cada vez que le recogían. Siempre sostenía la foto de una mujer, aferrándola a los destrozados huesos de sus manos.

Los camilleros cuentan que abría los ojos y entre dolorosos esputos decía:

“Ha vuelto ya?”

Esta mañana me he subido al autobús y le he visto mirar su reloj de baratillo. Creo que se dirigía a la colina.

3 comentarios en “La espera.

  1. Se lanza porque sabe que no le va a doler y que mañana volverá a esperar. También podría haberse dedicado a pintar el paisaje, pero en realidad es un señor loco, aunque digamos que no lo es.

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