De un sueño. Parte III

Continúo el relato que siguió Nirth del cual podeis leer su parte II en YUGULAR. Pinchando aquí —>Parte II por Nirth – aquí, coñio!!. Os pongo inicios de frase en negrita para no cansaros, petardos!! 😄

Marcelo miró el reloj con insistencia y volvió a estar nervioso.
La presencia de la pequeña Clara le habia abstraido por un momento de su preocupación.

Le gustaban los niños.
Su asignatura pendiente estaba en plantearse la posibilidad de tener un hijo. Pero su vida era un ir y venir de brujas con escoba y nunca se habia atrevido a intercambiar su material genético.

Apuró el café que aun humeaba y se levantó.

– Debo irme. A proposito me llamo Marcelo.
– Elvira.

Cinco segundos de cordialidad. Un intercambio de teléfonos y el eco de la escalera.

Clara asomaba la cabecita agarrada a su muñeco. Le miraba con cierta curiosidad.

– Te diré algo en cuanto averigüe más cosas. Siento haber entrado en tu casa.
– Olvidalo…gracias.

El hasta ahora desconocido siguió a su sombra mientras bajaba la escalera.

La madre de Clara dejó caer todo su peso sobre el sofá y encendió el quinto cigarrilo.

Para Elvira la vida ya no era divertida. El ir y venir de consultas de psicólogos a despachos de asistentes sociales estaba colmando su vida. La niña nunca volvió a ser la misma desde que su padre desapareció.

Tenía ciertos trastornos infantiles, algo que ella no llegaba a asimilar. El psicólogo se deshacía en tecnicismos incomprensibles.

Estaba cansada y asqueada.

Sonó el móvil. Un solo timbrazo. Se habia aferrado a aquel aparato desde que Marcelo se fué.

– Ah, hola…si, estan durmiendo. Todo bien…

La llamada no era importante.

Le picaba la barba, llevaba días sin afeitarse. Se miraba en el espejo practicando todo tipo de caras y poses. Siempre había sido un fantasma, pero a el le gustaba pensar que era alguien especial.

Bajó las escaleras del Club para recoger el correo. Facturas de proveedores de bebida y propaganda. Alguien le llamó desde lejos.

– Perdone, es usted Daniel Vidal?

El tipo era grande y vestía una chaqueta de cuero. Su condición era inconfundible.

– Si, soy yo. Le puedo ayudar en algo?
– Soy Marcelo Roca. Hemos hablado antes por teléfono. Por el empleo de camarero.

Un rápido análisis visual y una mueca de indiferencia. Eso era característica común en los hombres duros. Nunca sostener la mirada de otro tipo durante mucho rato, les daba confianza en si mismos. Eso le habían enseñado sus años en el negocio.

– Ah si. Bueno, vente para acá. Te explicaré como va esto.

Lo condujo al interior del club. Se trataba de un edificio situado al lado de la carretera, cerca de un parador y una gasolinera. Entraron por la cocina y cruzaron una especie de comedor carcelario.

– Aquí está el bar. Esa es la barra donde estarás la mayor parte del tiempo. Te dedicarás a servir copas y a no perder de vista las carteras. Importante: las chicas están prohibidas. Dedicate a pasar desapercibido. Házlo bien y ganarás mucha pasta. Sígueme.

Subieron las escaleras. Un pasillo lleno de puertas.

– Las habitaciones. Sube solo si las chicas te llaman para subir bebidas. Alguna pregunta?
– Bueno, en principio creo que lo tengo claro. Cuando empiezo?

Ese era el momento de sostener la mirada. Si venia acompañada de silencio hacía que el otro se sintiese incómodo y temeroso. Le encantaba manipular a los demás. Cuando follaba, lo hacía consigo mismo.

– Empiezas esta noche. Cobrarás cada día, por la mañana. 200 euros.
Ponte este uniforme.

No llegues tarde, las chicas se ponen nerviosas.
Se alejaba con el paso curvo de un pistolero y montaba en su ranchera negra. Marcelo espetó cierta mueca de repugnancia.
El ruido del motor se alejaba. Quedaba el silencio calmo de la media tarde y las ráfagas de coches que de vez en cuando pasaban.

– Pedazo de mierda. Ya veremos como caminas dentro de unos días.

De un sueño. (Parte I)

No le había costado mucho entrar al piso. Llevaba siempre una tarjeta del videoclub en la cartera y le había servido alguna vez para abrir la puerta de su casa cuando se dejaba las llaves dentro.
Pero esa no era su casa.

Marcelo buscaba entre los libros, en la habitación. Ladeaba carpetas y escudriñaba en los portalapices.

– Donde coño lo habrá puesto?

La búsqueda no parecía muy fructífera.

Y fue cuando oyó abrirse la puerta de la calle. En un segundo pensó en esconderse debajo de la cama, pero se quedó paralizado y solo pudo quedarse ahí de pie. Congelado.

Elvira y los niños volvían de la compra, y ella soltó las bolsas de golpe al ver a un extraño ahí de pie. No supo si gritar o actuar con normalidad. Cogió por la tangente.

– Tranquila, no se asuste. Déjeme que le explique.- balbuceó un espitoso Marcelo.

Elvira se avalanzó contra el intruso y apuntó sus uñas al rostro del hombre que, intentando no ser agresivo, la agarró de los antebrazos.
Los niños estaban paralizados, la puerta entreabierta.

– Por favor, solo un minuto, te lo explicaré. Se trata de tu hermana.

Hacía un par de meses que Elvira no sabia nada de su hermana Merche. Eso la hizo calmarse y aumentar su curiosidad. El forcejeo iba en descenso, pero la mujer no bajaba la guardia.

– Hijo de puta! que ha pasado con mi hermana! quien coño eres y que coño haces aquí!
– Calma, te lo explicaré.
– Tú eres Daniel. Te ha mandado a buscar sus cosas, verdad? Voy a llamar a la policía.

El nombre de Daniel le resultaba familiar a Marcelo. De hecho, el motivo principal de su allanamiento era precisamente Daniel.

– Escúchame, por favor. No soy Daniel. Estoy aquí porque sé que tu hermana guardó un teléfono y una dirección por aquí, y he venido a buscarlo. No te lo he pedido a ti porque no quería que te asustaras.
Por favor, créeme y escúchame.

Elvira tranquilizó a los niños y los envió a su habitación. Repuso su blusa y su pelo y miró al joven con desconfianza. Pero haía visto muchas caras despreciables y la de aquel tipo no se lo parecía. Puso una cafetera al fuego y encendió un cigarrillo.

– Más te vale que convenzas, chaval.
– Verás, lo que te voy a contar quizás no te haga mucha gracia. Pero no quiero que te asustes, estoy aquí para solucionarlo.

Marcelo cogió el cigarrillo que Elvira le ofreció. Se sentó en el sofá y mesó sus cabellos hacia atrás.

– Daniel no es ese chico amable y cordial que Merche te ha contado. Tu hermana trabaja en la carretera, es prostituta. No es contra su voluntad, he sabido que está enamorada de Daniel.
Ese teléfono y esa dirección me serían muy útiles para averiguar quien está por encima de Daniel. – su argumento le pareció bastante precipitado, pero había tenido que contar esa historia tantas veces que había preferido saltarse párrafos.

– Sospechaba algo, pero no quería creerlo. Así que eres policia, no?
– No
– Y entonces porqué haces todo esto?…me da igual, la verdad. Cómo está ella?
– Ella está bien, y ahí es cuando te explicaré porque estoy en medio de todo esto.

La niña irrumpió en el comedor semi asustada y mirando al intruso. Se había meado encima y salió de la habitación con más vergüenza que miedo.

– Cariño, ahora va mamá, vuelve al cuarto.

Miró al joven a los ojos esperando algún dato revelador. Marcelo agachó la vista y apagó la colilla en el cenicero.

– Se trata de mi madre.
– Tu madre?
– Si. Mi madre está cuidando de Merche. La va a ver todos los días y le lleva dinero. La invita a comer y evita que se acueste con cualquiera. Luego le da dinero para que justifique su trabajo diario. Así desde hace un mes.
– Y si puede saberse… porqué hace tu madre eso? – Elviar había oído muchas historias raras durante su vida. Esperaba cualquier respuesta.

El joven apoyó la espalda en el sofá y lanzó un suspiro.

– No lo se. Sólo se que no quiere hablar de ello.

Fueron quizás cinco minutos de silencio y de quietud, rotos por la pequeña hija de Elvira que volvió a irrumpir.

– Busca lo que te haga falta, voy a cambiar a la niña.


* Continuará, si vosotros quereis. Si la historia os parece buena, os invito a continuarla. Quizás entre todos escribamos un Best Seller. Ánimo. Cualquier párrafo será continuado por mi o por otros lectores. Mola eh?