Me imaginé mirando las fotos de toda una vida, e irremediablemente quise adivinar qué pensaba en cada una de ellas. Y tergiversé mi recuerdo en pos de un presente sereno.

Los amaneceres en verano son hermosos, de rojo intenso, salpicados por las siluetas de los primeros pájaros del día.

No hay moscas por la mañana.

El café hierve despacio, con calma, como un anciano recorriendo la distancia que va de Plaza Catalunya hasta los bancos que hay al lado de la boca del metro de Urquinaona.

Desde el interior de la habitación en silencio, a través de la ventana, la vorágine del gentío que empieza a invadir la calle supone una película cómica de principios del XX.

La mueca sarcástica es inevitable.

El chorro de la ducha silencia el tic tac del reloj que amenaza con marcar la hora en punto. La prisa la inventó un hereje, en tiempos de la inquisición.

El tarareo de cualquier canción promete que, al menos para mi, se prepara un buen día que solo será tiznado por el vaivén del vagón. La taquillera parece llevar allí 200 años.

En el tren la gente es anónima y vulgar. Vidas dispares, de índoles varias, se mimetizan hasta la llegada a la estación.

Y allí, la gran ciudad se alza, como se alzará siempre, después de que hayamos muerto.

Y recuerdas el título de aquella crónica de Olga Rodríguez “El hombre mojado, no teme la lluvia”.

Y entre todo símbolo urbanita, canturreo por dentro:

“El gato que está triste y azul…”

Y solo las palomas parecen escucharme.

No. Ya no hay moscas por la mañana.