Luchar es a veces como una afrenta, como una pelea que hay que lidiar con tesón, el justo para no romper el vaso que contiene el licor de la complacencia.

A veces en cambio, simplemente, quitarse las gafas de ver de lejos es mucho mejor que gritarle al viento o que echar atrás el mar.

Y es cuando guardas la panoplia en el arcón de las siete llaves y decides observar como le va al mundo sin ti.

Y te dedicas a esperar. Esperar. Esperar. A mirar el mar y a prometerte que no te harás más preguntas de las que son necesarias.

Esperar a que todos tus fantasmas vengan a visitarte y a decirte que todo era un sueño. Y que vas a despertar.

Porque a veces, lo importante, sí és lo que importa.
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