La obligación social

26 jun

Cuando sucede que la vida te ofrece el curioso beneplácito de la soltería pasados los treinta, en ocasiones se experimentan situaciones en las que das por entendido tu propio rol.

Hablo de los reencuentros o de las visitas de los antiguos amigos y amigas o de amigos recientes, que han pasado ya por la vicaría y por la planta de pediatría.

Pongamonos en situación.

Visitamos la casa de Fulano, un amigo que has hecho en el gimnasio o en los talleres de literatura o en los partidillos de futbito de los jueves. Acostumbrado a verle en solitario, desempeñando las mismas tareas que tu, ya te has creado un patrón de conducta con respecto a el. La catársis viene cuando le conoces en su entorno familiar, es decir, con su esposa y con sus hijos. Pasa de ser un igual a ser algo más ajeno.

Tu papel entonces cambia y ya no eres el colega, si no algo parecido al tito solterón o al pobre fracaso sentimental que con 34 no ha encontrado pareja. Y entre lloros de bebé y comunicación cómplce de la pareja anfitriona, pasas a escuchar más que a opinar.

Y llegan las consignas: “¿cómo es que un tipo tan guay no tiene novia? o “se pasa el arroz”, o “en vez de hijos tendras nietos directamente”, para pasar más tarde al “di que si, no te cases”, dicho por alguien que rebosa felicidad conyugal.

Ante esto uno no puede más que sentirse confundido y un poco avergonzado.

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La obligación social

Cuando son tiempos de bonanza económica, las preocupaciones de la gente son un poco más supérfluas. Digo esto porque pensamos con un poco menos de realismo y sensatez y nos exponemos a cambios de vida sin que eso nos haga pensar demasiado en el futuro.

Pero cuando son momentos de supervivencia, echas mano de la condición humana y empiezas a sentirte extraño, distinto, pero para nada satisfecho con ello.

Y entonces tener una familia propia (una jerarquía apartir de uno mismo, la familia paterna siempre está ahí) se convierte en un handicap.

Quien tiene pareja estable, hijos y deudas, se considera un privilegiado a ojos de lo social.

Y qué pinta entonces un soltero de 34 años reviviendo su adolescencia? nada. Sueños y más sueños.

Pasas los días envuelto en una soledad voluntaria o circunstancial y de vez en cuando piensas como sería si estuvieses casado. Da miedo. Y en algún momento se te pasa por la cabeza llegar a viejo y no tener a quien darle la vara, o quien te cambie los pañales o incluso nadie a quien cambiarselos. Y eso da más miedo todavía.

Pero, ah! la vida no es un plan comenzado a los 15 años, es un cómputo de vivencias y de decisiones que hacen de ti lo que acabas siendo.

Envidio a los que piensan solamente a una semana vista, y casualmente, son los que tienen aquello que no quieren, pero que si necesitan.

Voy a cojer el Fotogramas de este mes y a mantener una enérgica conversación con mi retrete. Me estoy cagando.

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